Por Fernando Maura, publicado en El Imparcial, el 7 de abril de 2025
Decía el recientemente investido presidente de los Estados Unidos que era capaz de terminar con la guerra en Ucrania en el plazo de veinticuatro horas. No sólo no lo ha conseguido en el caso del país invadido por Rusia, tampoco lo ha conseguido en Gaza -incluyendo su singular propuesta de crear un resort turístico en ese territorio-, bombardea a los hutíes en Yemen… y ahora ha decretado una guerra comercial cuyas consecuencias son imprevisibles, aunque ninguna de ellas desde luego positivas.
Tienen los aranceles decididos por Trump una rara justificación. Como quiera que usted me vende más de lo que yo le vendo, usted es un ladrón, me roba lo que es mío. Como ha afirmado el semanario The Economist es lo mismo que ocurriría si exigieras al supermercado que te vende sus productos, que comprara tus servicios como abogado -por ejemplo- al menos por el mismo coste al que tú adquieres sus artículos. Ya digo, una manera extraña de entender el mundo de la economía.
El supuesto ha encendido las alarmas en todos los países y en todos los sentidos, no sólo en el ámbito de la economía, que quizás resulte el más significativo, sino también en el político, porque supone dar por abolida con carácter permanente a la Organización Mundial del Comercio (OMC) que procedía, junto con otras relevantes instituciones, del acuerdo GATT de 1947. Con bastante razón se ha planteado que esas medidas suponen un golpe de gracia al multilateralismo emergente de la Segunda Guerra Mundial.
No es inadecuado, por consiguiente, titular esta estrategia como del retorno a la ley de la selva, que pensábamos de forma un tanto ingenua clausurada por un mundo en el que el imperio de la ley y la fortaleza de las instituciones habían sometido a la barbarie e impuesto la civilización en su lugar. En realidad, nunca había sido así, y sólo un fino barniz ocultaba las deficiencias de un modelo arquitectónico que respondía a los más viejos materiales que han formado siempre parte de nuestra historia. Ahora ha sido esa delgada capa de civilidad la que se ha desvanecido y ya nadie duda de que estamos -estábamos, como digo- en el mundo del sálvese quien pueda.
Esta guerra de Trump tiene, como todas, ganadores y perdedores. No sabemos muy bien si quien la ha iniciado -EEUU- estaría entre los primeros. Algunos analistas advierten de que el vencimiento de la deuda de ese país -que alcanzó el 118% de su PIB en el año 2023- será en este 2025 de 9,2 billones de dólares. ¿La solución?, emitir títulos de la deuda pública a interés cero con los que cancelarían los que sí pagan intereses. Los países que acepten esta permuta -en realidad, una financiación gratuita de la deuda americana- verían aliviada su carga arancelaria. Se trata, como parece evidente, de una versión muy propia del trumpismo político y económico.
Son perdedores -lo somos-, está claro, las empresas y los consumidores. Porque no sólo sufrirán los sectores afectados directamente. Se producirá con seguridad un efecto contagio que contaminará a casi todos los ámbitos de la economía. A la inflación -que ya se da por descontada, con su Impacto en una menor disposición de efectivo para gastar, también padecerá el sector turístico-, se unirá la preocupación por el futuro de las inversiones. Si a todo eso le unimos la necesidad de un mayor gasto en Defensa, la sensación de una profunda crisis asoma imparable por el horizonte.
En cualquier caso, todos los ojos abandonan a los americanos y observan con interés la capacidad de respuesta de China y su posibilidad de convertir al país del oriente en una alternativa más fiable que la estadounidense. Pasaríamos del MAGA (Make America Great Again) al MCHGA (Make China Great Again), sin perjuicio desde luego de la abisal distancia que esa nación tiene en cuanto a los valores, el estado de derecho y la legalidad internacional respecto de nuestra escala de principios.
No acaban aquí las consecuencias del terremoto provocado por Trump. Una de ellas consiste precisamente en que ha provocado un rearme moral y democrático en los países que veían con preocupación -lo continúan observando- cómo los caballos de Troya del populismo se habían insertado en sus sistemas políticos, incluyendo a sus gobiernos. Orban, en Hungría; Meloni, en Italia: Le Pen -ahora inhabilitada-, en Francia; Suecia; Austria; el peligroso avance de AfD, en Alemania… una internacional del populismo nacionalista, difícil de concretarse precisamente por su carácter nacionalista, como ha advertido oportunamente el profesor Portero, ahora debe soportar la contradicción de legitimar las políticas que perjudican, tanto a su país como a sus votantes. El refuerzo de los principios de la democracia liberal a través de una de sus realizaciones más significativas, será una buena noticia cuando sólo días antes de las medidas del presidente de los EEUU parecía cerca del K.O. técnico.
Esa resurrección política de la democracia liberal no excluye del cálculo oportunista a quienes debieran arrojar la toalla, siquiera sea por aquello de no prolongar hasta la extenuación una legislatura que sólo se mantiene porque sus socios prefieren tener secuestrado al gobierno, y éste no acepta convocar unas elecciones en las que contaría con escasas perspectivas de victoria. Sabedor de que el PP carece de argumentos para apoyar al gobierno, Sánchez se ha sacado de la chistera un plan que no es un plan. De los 14.000 millones presupuestados, algo menos de la mitad proceden de instrumentos ya existentes, y 6.000 millones de las ayudas deberán ser devueltas por sus beneficiarios. Algunos economistas han criticado su volumen desproporcionado -son 10.000 millones los que pueden perder las empresas españolas directamente afectadas como consecuencia de los aranceles- y han criticado su ausencia de concreción.
En todo caso, con la habilidad que en él resulta característica, Pedro Sánchez se ha apuntado a la rueda de los que puedan obtener réditos políticos de la nueva guerra de Trump. Y su viaje a China apunta también en la dirección de constituirse en principal valedor de la relación emergente del país asiático con la Unión Europea. Y no me pregunten por dónde se encuentran los valores democráticos en esta aproximación, porque no entran en la ecuación del presidente.
Al fin y al cabo, no todos van a ser los perdedores.
