El caso de la pequeña de Chaouen, en el Rif, ilustra como, a veces, son las familias marroquíes las que empujan a sus hijos a emigrar para que en Europa se labren un futuro mejor del que ellas les pueden ofrecer
Por Ignacio Cembrero, publicado en El Confidencial, el 24 de octubre de 2024
Los policías de Ceuta han visto de todo, pero cuando el sábado pasado apareció en la Jefatura Superior una niña de 12 años que contó, en árabe dialectal, que era argelina y había llegado sola a nado a la ciudad desde Marruecos, algunos se quedaron atónitos.
A lo largo de la semana pasada, lograron entrar en Ceuta por mar 10 menores, todos ellos varones, que fueron interceptados nada más poner pie en la playa. Entre esos nadadores nunca hay chicas, y suelen hacer la travesía bordeando los espigones, en pequeños grupos. Llegan exhaustos cuando no se ahogan en el camino.
La pequeña Miryam —nombre supuesto— no tenía una complexión física como para haber braceado durante horas. Los agentes no se creyeron su versión, pero activaron el protocolo de identificación y la entregaron al área de menores de la ciudad, que ahora la tutela.
Una vez allí, guardó silencio sobre las circunstancias que la habían llevado hasta Ceuta. Cuando fue instalada en un piso que comparte con otras siete chicas menores, también tuteladas, se sintió algo más en confianza. Reconoció a sus compañeras que sus padres habían pagado para que pudiera entrar en la ciudad autónoma, donde ya tenía a un primo hermano menor de edad en otro centro de acogida. Su acento, al hablar, no era argelino, sino marroquí. Acabó confesando que era de Chaouen, una localidad del Rif a 140 kilómetros de Ceuta.
Había sido aleccionada para dar informaciones que despistasen sobre su itinerario, para no delatar a los traficantes que la ayudaron a cruzar la frontera. Estaba angustiada y se negó, además, esta semana a hablar con la policía. Los investigadores tienen, sin embargo, fundadas sospechas sobre cuál fue su recorrido.
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Unas personas de su confianza, muy probablemente sus padres, la llevaron hasta Castillejos, la ciudad marroquí a menos de tres kilómetros de Ceuta. Allí fue introducida en alguno de esos vehículos con doble fondo con los que se cuelan inmigrantes a través de la frontera.
“En los talleres de chapa marroquíes hacen virguerías adaptando coches para transportar pasajeros clandestinos”, comenta una fuente policial española. Una vez en la ciudad, el conductor la sacó de su escondite en algún lugar discreto y le indicó el camino de la Jefatura Superior. ¿Cuánto pagaron los padres? Alrededor de unos 5.000 euros, según una estimación policial. Es una cantidad ingente para una familia modesta del Rif.
Sólo hay ocho chicas
Es excepcional que una niña entre en Ceuta. Entre los menores no acompañados predominan los varones: a día de hoy, sólo hay ocho chicas, un 1,55% del contingente de tutelados. Es probable que los padres de Miryam se animaran a enviarla porque por la ciudad pasaron algunos de sus sobrinos —ya sólo queda uno— y debieron comunicar a sus familias en Marruecos que estaban siendo bien tratados.
Aunque la delegada del Gobierno en la ciudad, Cristina Pérez, advirtió el martes de que “Ceuta es la puerta de entrada al tráfico de menores y debemos actuar” para ponerle freno, Miryam y sus primos no han sido víctimas de trata, a juzgar por las informaciones de que disponen las autoridades locales.
Su caso es más bien el de una apuesta familiar para intentar que un hijo se labre una vida mejor en el extranjero. A veces, la familia marroquí deja hacer al adolescente o al joven que proyecta emigrar. En otras ocasiones, como sucedió con Miryam, le impulsa y hasta se cotizan entre varios miembros para sufragar el viaje. Es, sin embargo, insólito que confíen en una niña. Quizás Miryam no tiene hermanos o son muy pequeños.
Sin billete de vuelta
Su itinerario desmiente tajantemente a todos esos políticos, el último Fernando Clavijo, presidente de Canarias, que sostienen que los niños donde mejor están es con sus familias y hacen vanos esfuerzos para repatriarlos. La gran mayoría de los adolescentes no quieren regresar a sus hogares, y las autoridades marroquíes tampoco desean que vuelvan y por eso no colaboran en repatriarlos. Las remesas de la emigración representan, como mínimo, el 8,5% del PIB de Marruecos.
Miryam acabó engrosando el contingente de menores tutelados que asciende en Ceuta a 515 (uno por cada 167 habitantes), cuando la ciudad tiene capacidad para un máximo de 130. En realidad, son solo 442 a los que tiene ahora mismo alojados en centros municipales porque 73 se han escapado. Quizás estén merodeando por el puerto con la intención de introducirse en algún barco que zarpe rumbo a la Península o ya hayan alcanzado el continente europeo.
Desde principios de año, han entrado 820 menores en Ceuta, casi todos a nado, pero algunos ya son mayores de edad y otros pocos han sido derivados a diversas comunidades autónomas, sobre todo a Andalucía. Un buen puñado no llegaron a las playas ceutíes porque se les tragó el mar. Imposible saber cuantos son porque del lado marroquí, a diferencia de Ceuta, no hay una contabilidad de los cadáveres que expulsa el mar al cabo de varios días.
Más allá de un drama humanitario, “esto supone hacer peligrar la estabilidad presupuestaria de la ciudad”, que va a dedicar este año a los menores unos 10 millones de euros, afirma al teléfono Alberto Gaitán, consejero de Pesidencia. “Estamos en una situación límite”, prosigue, que pone en riesgo no solo la ejecución del actual presupuesto, sino también la planificación del ejercicio de 2025 si el Estado no atiende urgentemente la necesidad de fondos. Este será el primer tema que el presidente ceutí, Juan Jesús Vivas, aborde con el presidente Pedro Sánchez cuando le reciba en Moncloa el 22 de noviembre.
Pese a la buena relación que el Gobierno español asegura mantener con el marroquí, la inmigración irregular se ha disparado en Ceuta en lo que va de año, y no solo la de los menores. De enero a mediados de octubre llegaron a la ciudad, casi todos a nado, 2.162 inmigrantes, en su mayoría marroquíes, aunque también había entre ellos argelinos, tunecinos y subsaharianos. El incremento, con relación al mismo periodo de 2023, fue del 149%.
