Pese a su estrecha relación con el «chavismo», Argel no condenó el ataque de EEUU. Guarda silencio para no indisponer a Donald Trump. La prensa oficialista marroquí se pregunta si, después de Maduro, el siguiente en rodar será el argelino Tebboune
Por Ignacio Cembrero, publicado en El Confidencial, el 13 de enero de 2026
Amar Bendjama, el embajador de Argelia ante Naciones Unidas, intervino el 23 de diciembre en el Consejo de Seguridad para expresar su preocupación por los ataques de EEUU a buques venezolanos que, supuestamente, transportaban droga. Recalcó que era necesario respetar el derecho internacional.
Once días después, fuerzas especiales de EEUU capturaron al presidente venezolano Nicolás Maduro, que tan sólo seis meses antes había visitado de nuevo oficialmente Argelia. Tras el golpe en Caracas, Argel guarda un sorprendente silencio.
Este mutismo argelino provoca la mofa de la prensa de Marruecos, el eterno adversario de Argelia. Publica caricaturas en las que se ve a Maduro caído, empujado al suelo por un brazo cubierto con la bandera estadounidense. Detrás de él aparecen personajes como el presidente argelino, Abdelmajid Tebboune, o el líder iraní, Ali Jamenei, a los que ese mismo brazo está a punto de tumbar.
El golpe del presidente Donald Trump es un motivo de preocupación para las autoridades de Argelia y de regocijo para las marroquíes ya de por sí envalentonadas con la resolución 2797 del Consejo de Seguridad que dio en octubre un gran espaldarazo a su propuesta de resolver el conflicto del Sáhara Occidental otorgando una autonomía limitada al territorio. Fue la diplomacia de EEUU la que impulsó esa resolución.
«Para Argelia, Maduro representaba un aliado importante fuera del continente africano», recuerda Lahcen Haddad, exministro y vicepresidente de la Cámara de Consejeros (Senado marroquí), en un artículo en el digital Le 360. «El eje informal Argel-Teherán-Hezbolá (milicia shíi libanesa) se está desmoronando a una velocidad vertiginosa», vaticina Haddad.
A Argelia «solo le quedan dos aliados, Irán y África del Sur«, afirma Ahmed Fouzi, exembajador marroquí, y el primero de ellos se tambalea. Argelia está, en cambio, rodeada de países hostiles. A Marruecos se añaden los principales países del Sahel, empezando por Mali; el régimen de Bengazi en Libia; y Emiratos Árabes Unidos al que la prensa argelina acusa de fomentar el separatismo en la región de Cabilia.
Los opinadores propagan algunos bulos en sus tribunas. Sostienen que Hezbolá entrenó, con el beneplácito de Teherán, a los milicianos del Frente Polisario para que lucharan con más eficacia contra Marruecos, una información sobre la que nunca aportaron indicios que la avalaran. «Nunca hemos detectado ningún tipo de colaboración entre ellos», asegura el exjefe de inteligencia militar de una potencia occidental.
A la vez que resaltan los apuros de Argelia, los columnistas marroquíes ponen en valor los méritos de la diplomacia de su país. Recuerdan que Marruecos fue el único país africano que en 2024 consideró fraudulenta la reelección de Maduro como presidente. Quince años antes, Rabat rompió relaciones diplomáticas con la Caracas después de que el presidente Hugo Chávez visitase los campamentos de refugiados saharauis en Tinduf (suroeste de Argelia).
Argelia mantenía con Venezuela lo que el exministro argelino Nouredine Boukrouh describe como una «amistad emocional» basada en un discurso antiimperialista algo trasnochado y en una retórica revolucionaria del siglo pasado. Ambos países, productores de hidrocarburos, se coordinaban además en el seno de la OPEP.
Con discreción, Argelia empezó hace meses a suavizar su política exterior para no disgustar al nuevo morador de la Casa Blanca. A mediados de noviembre votó en el Consejo de Seguridad a favor del plan de paz para Gaza presentado por EEUU. Al mes siguiente no protestó por el arancel del 127% que el Departamento de Comercio se dispone a imponer a las barras corrugadas de refuerzo que exportaba a EEUU.
Para no quedar retratado siendo el único país que rechazaba la resolución de octubre sobre el Sáhara Occidental, tan benéfica para Marruecos, el embajador argelino Bendjama no participó en la votación del Consejo de Seguridad. Rusia y China se abstuvieron mientras los otros doce miembros del Consejo respaldaron el texto redactado por la diplomacia estadounidense.
Más importante aún en ese acercamiento fue la audiencia que el presidente Tebboune concedió en junio en Argel a delegaciones de las petroleras estadounidenses Chevron y ExxonMobil para animarles a invertir más en su país cuyo sector energético necesita ser modernizado. Otro estímulo es la nueva ley, que entró en vigor en agosto, y que autoriza una participación extranjera de hasta el 80% en las empresas que se dediquen a la explotación minera.
La tutela de EEUU sobre los recursos energéticos de Venezuela es quizás la consecuencia económica más preocupante para Argelia del derrocamiento de Maduro. «Esta alianza energética (…) debilitará el poder de negociación de los miembros de la OPEP, entre ellos Argelia, y mermará la cohesión del cartel que perdería así peso en el mercado», señala Brahim Guendouzi, profesor de la Universidad de Tizi Ouzou, en una entrevista con el digital argelino TSA.
Guendouzi prevé que el barril caerá pronto bastante por debajo de los 60 dólares. «Eso reducirá la capacidad de Argelia a hacer frente a su gasto público y acentuará su déficit comercial» y también el «presupuestario que es ya de por si importante», vaticina. Los hidrocarburos representan el 95% de las exportaciones del país y cerca del 50% de la recaudación fiscal.
Argelia, concluye el profesor, corre el riesgo de «padecer una doble condena». Por un lado puede verse obligada a recortar su producción para, en el marco de la OPEP, intentar que el mercado no se desplome; por otro perder ingresos a causa de la caída del precio del barril.
Steve Witkof, el enviado de Trump para Oriente Próximo, y Jared Kushner, el yerno del presidente, se mostraron confiados a mediados de octubre en alcanzar en 60 días un acuerdo entre Marruecos y Argelia que ponga fin a décadas de animadversión. La paz entre los dos «pesos pesados» del Magreb sólo se logrará si pactaran una solución para el conflicto del Sáhara Occidental.
La diplomacia trumpista pensó haber allanado el camino para resolver el contencioso con la aprobación de la resolución de octubre, pero dos meses y medio después no hay ni siquiera una fecha fijada para retomar la negociación interrumpida desde 2018.
Como el punto de partida de esas conversaciones sería la última resolución del Consejo de Seguridad, Marruecos debería ser el primer interesado en ponerles fecha. El enviado especial de Naciones Unidas para el Sáhara, Staffan de Mistura, EEUU y Francia han solicitado a la diplomacia marroquí que mejore su plan de autonomía recogido en tres escuetos folios imprecisos presentados en 2007. Por ahora no ha atendido esa petición.
El segundo escollo para el arranque de la negociación es que Argelia sigue insistiendo en que esta debe desarrollarse entre Marruecos y el Polisario. Está dispuesta a participar, pero se resiste a sentarse en la mesa junto al movimiento saharaui y frente a la delegación marroquí. El Polisario, sostiene Argel, debe ser el único interlocutor de Rabat.
Por último, Steve Witkoff, y su homólogo para el continente africano, Massad Boulos, quieren llevar la batuta de la negociación a algún lugar de EEUU arrebatando ese papel a Naciones Unidas. Ese empeño obedece a una doble motivación. Están convencidos de que ellos dos, que representan a la superpotencia, podrán presionar más a las partes que De Mistura. En caso de éxito, Trump podrá además apuntarse el tanto.
