Siempre hubo diplomáticos que saltaron a la política. Y políticos que mutaron del Parlamento a la embajada. Lo que nunca había existido son ambas cosas a la vez, como en el caso de Agustín Santos
La revista online Sin Permiso, donde nuestro compañero Agustín Santos, actual número dos de la lista de Sumar por Madrid a las elecciones generales del 23 de julio, se transformó en Gustavo Buster, debe su título a una frase de la «Crítica del Programa de Gotha». Decía Marx que aquellos que no poseían propiedad del trabajo debían ser esclavos y pedir permiso para trabajar. Tenían que «vivir con su permiso». Inspirados por esta denuncia, Santos y sus compañeros decidieron no pedir nunca permiso a nadie. Al menos para decir lo que quisieran.
Lo de la locuacidad sin límites no es censurable. Puede ser arriesgado si te contradices y especialmente cuando lo que dices no se corresponde con lo que representas. Ello es especialmente engorroso en algunos oficios y profesiones. Los diplomáticos son uno de estos grupos. Los políticos y los diplomáticos, aunque sus contornos a veces aparecen confundidos en la opinión pública, son variedades diferentes por lo que cada uno representa y por cómo están trazados sus recorridos. La razón de ser del diplomático no puede ser otra que la defensa de los intereses de su país por medio de la negociación, la persuasión y la representación. Esa es su profesión y en ello debe basar su código ético. El político se orienta a hacer primar los éxitos de su bandería de acuerdo con su propia iniciativa o con un programa determinado. Siempre ha habido diplomáticos que decidieron abandonar su profesión por la política. También han existido políticos que mutaron del Parlamento a la embajada. Lo que nunca había existido, desde el origen de la diplomacia moderna, fueron ambas cosas a la vez. En este empeño, hay que reconocer que el modelo que aflora con Agustín Santos se encuentra estadísticamente entre los pioneros.
Agustín Santos es de los que tiró por la tangente. Cuando se consideró fuerte -ser jefe de gabinete de un ministro proporciona músculo- y tuvo un medio que le diera voz, no pidió la venia a nadie. Ni siquiera a su superior en el ministerio. Y ello, a pesar de que las opiniones de un diplomático a menudo se entienden como emanadas de esferas oficiales. Eso no pareció importarle. Además, se consideraba guarecido bajo la libertad de expresión, amparada por la Constitución que él juró al entrar en la carrera diplomática. Sin embargo, no termina de entenderse cómo estando tan convencido de no precisar permisos y ser libre en su expresión, tuvo que camuflar sus ideas bajo un seudónimo.
Claro que casi todo lo que hay en la trayectoria diplomática de Santos, hombre atraído e interesado por las historias de los agentes dobles, trasluce aparentes contradicciones. En 1988 fue destinado a la embajada en Washington. Año importante porque allí se cerraba la negociación sobre la presencia militar norteamericana en España y el esquema de participación de España en la OTAN. En la embajada todos trabajaron en ello. No lo haría tan mal nuestro compañero, que en 1991 fue condecorado como Oficial de Isabel la Católica. En 1992 regresó a Madrid, destinado al gabinete de asesores del presidente del Gobierno, una figura destacada «del régimen del 78». Junto con sus compañeros de trabajo en la Moncloa, Santos contribuyó a algunos de los éxitos del «régimen del 78»: la Expo de Sevilla, los Juegos Olímpicos de Barcelona y la Cumbre Iberoamericana. Más tarde, en Bruselas, fue coordinador en la Representación de España ante la UE, que él apoda con desparpajo desdeñoso «el consenso de Bruselas». No consta que renunciase a su puesto en «el consenso», de golosa nómina. Debió de descubrir después, como dijo, que aquello era solo una cofradía subordinada a Washington.
Casualidades al margen, lo cierto es que Santos eligió trabajar activamente en asuntos que ahora dice aborrecer hasta su misma sustancia medular. ¿Quizás entonces llegó a creer en todo ello y hoy se arrepiente de aquel mundo atroz? Todo es posible. Y, aunque el valor del arrepentimiento estriba en expresarlo cuando no es rentable, cabría pensar con ingenuidad que así fue y que la izquierda debe tranquilizarse al constatar que hoy están ante un arrepentido.
Pero hay quien apunta a otra interpretación. ¿Y si realmente Agustín Santos no hubiera creído en nada de aquello a lo que contribuyó con su trabajo y ya desde 1988 abominó de la OTAN, de los militares norteamericanos, del «régimen del 78» y de la UE? ¡Ah!, entonces es distinto. Debió de resultar duro para el joven diplomático ocuparse de unos objetivos tan opuestos a sus convicciones. Lo que ya no se comprende es por qué no renunció a esos selectos puestos, que le frustraban a diario desde principio hasta fin de mes. ¿Hasta fin de mes? Pero lo sobrellevó. Y en esa misma línea, siendo ya oficialmente trotskista, tampoco hizo ascos a recibir la Gran Cruz del Mérito Militar, por «fijar la posición de España en el conflicto con Rusia», nada menos que con los demás países de la OTAN. Y es que Santos debe de saber aguantar. Puro character building. Hoy día resulta evidente que Santos no creía en nada de aquello. Porque esta vez, como embajador en la ONU, se ha empeñado en demostrar con la práctica cotidiana que ese doble lenguaje, el lenguaje de aquello en lo que no cree y de aquello en lo que realmente cree, pueden convivir.
Así, la mente dicotómica de Santos-Buster corrobora que puede haber dos discursos distintos, el de Agustín Santos en Nueva York y en las embajadas, donde dice defender los intereses del país al que representa, y el de Gustavo Buster tratando de demoler en las revistas todo lo que ese país significa: demoler la monarquía; demoler el sistema parlamentario de lo que califica «un régimen de agobiantes límites»; propiciar el «desahucio moral» de los partidarios del marco institucional libre y democrático que es el «régimen del 78»; demoler el concepto territorial de Estado y demoler la participación en la OTAN y en la UE. Santos descuella como un especialista en demoliciones y, frente a todo esto que él quiere demoler, aboga por reemplazarlo por lo que llama la libertad republicana. Una doctrina que, aunque en su caso mantiene oculta bajo el seudónimo, aconseja que se propague con la cabeza alta, pues «no puede levantar la cabeza quien no tiene reconocido el derecho de autodeterminación de una nación cuya gran mayoría (sic) de la población lo exige. Ni quien vive bajo una monarquía impuesta (sic) por una de las dictaduras más sanguinarias de Europa del siglo XX y no puede elegir la república democráticamente». Esto está escrito en Sin Permiso, en un artículo de pedante y almidonado título: «Postscriptus de final del año. Consummatus est questio».
El hecho de que Sin Permiso campe por sus delirios no es problema nuestro. Pero sí lo es poner de manifiesto la doblez y la incoherencia de quien ha sido un representante del Reino de España y de sus instituciones. Defender o representar una cosa y su contraria implica una elevadísima dosis de estupidez. Como no creemos que nuestro compañero sea estúpido, la única alternativa es considerar otras motivaciones. ¿Y si todo hubiera sido interés personal bien calculado? Agustín Santos ya ha dado su carrera diplomática por amortizada. Le quedan dos años para jubilarse y con ese calendario sabe que se le han terminado las embajadas. Ahora le toca jugar a Gustavo Buster, y si hay suerte, hacerlo en el Parlamento.
Y aunque no lo creamos del todo, hay quien señala que la clave de este embrollo se encuentra en una nueva versión de la dualidad Dr. Jekyll y Mr. Hyde, presidiendo la senda diplomática y política de Santos y Buster. Agustín Santos para cobrar y Gustavo Buster para medrar.
