El repliegue de Washington y la amenaza que representan Israel e Irán han impulsado a varios países árabes a explorar marcos de seguridad alternativos. El acuerdo de defensa mutua entre Riad e Islamabad añade una nueva y decisiva variable al ya complejo tablero estratégico del Golfo
Publicado en Política Exterior, el 29 de septiembre de 2025
El ataque de Israel contra líderes de Hamás en Catar el pasado 9 de septiembre subrayó las vulnerabilidades a las que se exponen los países árabes de Oriente Medio. Para sentirse seguros, ya no les basta con albergar bases militares estadounidenses en su suelo (como la de Al Udeid, en Catar); regalarle un avión Boeing 747 a Donald Trump (como ha hecho el emir catarí); comprar ingentes volúmenes de material de defensa a la industria militar estadounidense o comprometerse a invertir cientos de miles de millones de dólares en su economía.
Catar convocó el 15 de septiembre una cumbre de países árabes e islámicos que buscaba una respuesta conjunta no solo frente a Tel Aviv, sino también ante Washington. Tras la nueva violación del derecho internacional por parte de Israel y la inacción de Estados Unidos, se preveía que los gobiernos convocados fuesen más allá de las consabidas palabras de condena al primero y de demanda de clarificación al segundo (advertido por Israel del ataque cuando ya estaba en marcha).
Aunque en el comunicado final de Doha los reunidos afirmaron que se comprometían a “tomar todas las medidas legales y efectivas posibles para impedir que Israel continuase sus acciones contra el pueblo palestino”. Todo indica que estamos, una vez más, ante palabras que no se traducirán en acciones. Ni siquiera los países árabes que recientemente han normalizado relaciones con Tel Aviv –Bahréin, Emiratos Árabes Unidos, Egipto, Jordania, Marruecos y Sudán, además de Egipto (1979) y Jordania (1994) –han retirado a sus embajadores.
Teóricamente sigue en vigor el boicot establecido por la Liga Árabe en 1948, pero son muchos los países árabes e islámicos que se relacionan con creciente intensidad con Israel. Apenas queda rastro de la iniciativa que pretendía cerrar toda relación con países y empresas de cualquier parte del mundo que comerciaran con el Estado judío.
Ya sea por sus divisiones internas, por el interés en estrechar vínculos económicos con Tel Aviv –incluyendo el acceso a tecnología israelí para mejorar el control de sus propias poblaciones–, o por la alineación estratégica de muchos gobiernos de la región con EEUU, lo cierto es que sus críticas a Israel se diluyen casi de inmediato.
En definitiva, resulta evidente que lo que se ha querido volver a presentar como la “OTAN árabe” –creada formalmente por los miembros del Consejo de Cooperación del Golfo (Arabia Saudí, Bahréin, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Omán y Catar) en diciembre de 2023 bajo la denominación de Acuerdo Conjunto de Defensa– es absolutamente inoperante para garantizar la seguridad de sus miembros.
Eso explica que el pasado 17 de septiembre Mohamed bin Salman y Shehbaz Sharif firmaran un acuerdo de defensa mutua en Riad. Un paso que, en resumen, implica que, a cambio de la ayuda económica saudí a Islamabad, Riad obtiene la protección del paraguas nuclear paquistaní. Se trata no solo de una señal de la percepción de amenaza que Riad puede tener sobre las intenciones de Irán, sino también de un mensaje dirigido a Washington.
Desde hace años, ambos países han ido desarrollando vínculos de relación que incluyen el capítulo de defensa. Y si en principio se entendía que Irán y su controvertido programa nuclear eran la motivación fundamental de Riad –dejando claro que, si Teherán se hacía con la bomba nuclear, Riad haría lo propio– ahora hay que añadir también a Israel como fuente directa de amenaza.
Se estima que Pakistán dispone de un arsenal nuclear con unas 170 cabezas que pueden ser lanzadas desde sus aviones de fabricación francesa Mirage III y V, pero también desde los chinos JF-17, así como diferentes tipos de misiles balísticos (con el avanzado Shaheen-III, con un alcance estimado en 2.500km) y crucero (como el Babur).
Evidentemente, el foco principal de la defensa paquistaní está centrado en la amenaza que percibe históricamente por parte de India. Pero la firma de este acuerdo, que ambos gobiernos consideran “integral”, hace pensar que a la ya compleja agenda de seguridad del Golfo se añade una nueva variable que puede provocar aún más novedades a corto plazo.
Cabe recordar que Riad lleva tiempo tratando de poner en marcha un programa nuclear propio, incluyendo el enriquecimiento de uranio, en el contexto de un nuevo acuerdo con EEUU, pero hasta ahora no ha logrado vencer las reticencias de Washington. ¿Seguirá siendo así por mucho tiempo? ●
