Un puñado de estrechos colaboradores, encabezados por el consejero real y amigo de infancia Fouad Ali el Himma, llevan el país. A veces despachan con el monarca, y ponen en práctica sus instrucciones, y en otras ocasiones improvisan.
Artículo de Ignacio Cembrero, publicado originalmente en The Political Room el 16 de noviembre de 2022
La Carta Magna marroquí define al Reino como una “monarquía constitucional, parlamentaria y democrática”. Aprobada en referéndum en 2011, la nueva Constitución supuso, en apariencia, un mejor reparto del poder ejecutivo entre el jefe del Estado y el Gobierno, pero en el fondo Marruecos siguió siendo una “monarquía ejecutiva” en la que el rey ostenta plenamente las riendas del país.
“La nueva Constitución, al igual que la antigua, sigue anclada en un sistema de gobierno basado en una monarquía ejecutiva que deja importantes poderes en manos del rey y su entorno inmediato”, escribió, tras su aprobación, Hicham El Moussaoui, profesor de la Universidad Sultan Moulay Slimane. Concluía afirmando que Marruecos continuaba siendo “una democracia aparente” y no real.
En los once años transcurridos desde que entró en vigor la Constitución, el palacio real ha ido royendo las escasas atribuciones del Gobierno. Abdelilah Benkirane, primer ministro de 2011 a 2017 y líder del Partido de la Justicia y del Desarrollo (PJD, islamista moderado), se resistió como pudo a perder el escaso poder que ostentaba. Su sucesor del mismo partido, Saaddine El Othmani, (2017-2021) cedió con más facilidad. El actual jefe de Gobierno, el multimillonario Aziz Akhnnouch, líder del Reagrupamiento Nacional de los Independientes, una formación artificial creada años atrás por el Ministerio del Interior, acata sin rechistar.
“Es un Gobierno que no gobierna; se conforma con ejecutar las decisiones del palacio trasladadas a través del gabinete real (…)”, escribió a mediados de octubre, el periodista marroquí Omar Brouksy en la revista digital francesa “Orient XXI”. “Con la llegada de Akhnnouch al Gobierno, la monarquía no ha sido nunca tan ejecutiva como ahora y las demás instituciones han desempeñado, mejor que nunca, el papel de meros figurantes”, añadió.
Más que nunca el rey concentra todo el poder en sus manos, porque es además de jefe del Estado, comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, presidente del Consejo Superior de la Magistratura, del Consejo de los Oulemas (teólogos islámicos) y Comendador de los Creyentes, es decir jefe espiritual de los musulmanes de Marruecos, etcétera. Pero Mohamed VI es un monarca ausente.
En los diez primeros meses de este año el soberano ha estado más de la mitad del tiempo transcurrido fuera de su país. Primero pasó más de un mes en su residencia de Pointe Denis, en Gabón, entre finales de febrero y principios de marzo. Después, a partir del 1 de junio y hasta el 6 de octubre, se instaló más de cuatro meses en Francia con tres breves interrupciones, dos de ellas de solo unas horas, para grabar en Rabat el discurso del Trono (30 de julio) y el de la Revolución del Rey y del Pueblo (20 de agosto). Se hospedó en París en el palacete que adquirió en julio de 2020 junto a la Torre Eiffel y también en el castillo familial de Betz, a 75 kilómetros al noreste de la capital. Reanudó así con unos hábitos que ya tuvo hasta 2018, pero con los que cortó antes de la pandemia.
La prensa marroquí ignora sus ausencias e incluso traslada, a veces, la impresión de que sigue trajabando desde Rabat cuando publica los telegramas de felicitación que Mohamed VI envía a jefes de Estado de medio mundo con motivo de sus fiestas nacionales. La prensa francesa afín a Rabat intenta echar un capote a un monarca desaparecido. “Mohamed VI de nuevo en Francia, en la cabecera de la cama de su madre”, titulaba el 4 de agosto el semanario “Jeune Afrique”. Lalla Latifa, de 77 años, la progenitora del rey, está siendo tratada de un cáncer en París, donde reside con su esposo la mayor parte del tiempo.
Si en 2018 fue “un rey a tiempo parcial”, ahora, desde París, Mohamed VI “lleva con firmeza las riendas del reino apoyándose en un puñado de hombres clave”, recalca “Africa Intelligence”, un publicación francesa cuya suscripción anual asciende a varios miles de euros. Los hombres de confianza sí están ahí, como revela la publicación, pero a veces esperan semanas o meses a que el monarca decida o, en asuntos menores, toman ellos mismos la iniciativa.
El resultado es que embajadores en capitales importantes tardan meses en ser enviados a sus destinos; nombramientos de altos cargos en instituciones, empezando por los de jueces presidentes de tribunales, se demoran largo tiempo; los consejos de ministros presididos por el rey se celebran solo cada tres o cuatro meses. A eso se añade que, con la excepción de Pedro Sánchez el 7 de abril, Mohamed VI no se reúne ya con ningún dignatario extranjero. Tampoco fue recibido, durante su larga estancia en París, por el presidente Emmanuel Macron.
¿Quienes llevan el Reino de Marruecos esperando o improvisando las instrucciones reales? El primero es Fouad Ali el Himma, consejero real, que compartió pupitre con Mohamed VI en el colegio real y al que la prensa describe a veces como el virrey. Despacha casi a diario con el rey y no ha parado en verano de hacer el va y ven entre Rabat y París. Después figura Abdellatif Hammouchi, máximo responsable de la seguridad que dirige también la policía secreta (Dirección General de Supervisión del Territorio) y que manda mucho más que el propio ministro del Interior, Abdelouafi Laftit.
En política exterior, Nasser Bourita es el ministro con más peso desde que en 1999 fue entronizado Mohamed VI. También influye en ese área Yassin Mansouri, otro amigo de infancia del soberano que hoy en día está al frente del servicio secreto exterior (Dirección General de Estudios y Documentación). Ya en una segunda línea aparecen otros personajes como el jefe de la Gendarmería, Mohamed Haramou.
El rey no teletrabajó desde Betz o desde la Torre Eiffel pasando horas ante un ordenador, pero sí despachó con El Himma y se mensajeó con todos ellos. “Su Majestad y su equipo de colaboradores han inventado un nuevo modo de gobernar vía WhatsApp”, es una frase repetida en las conversaciones de la burguesía de Casablanca que, pese a las omisiones de la prensa, está al corriente de las ausencias del monarca.
Hasta la primavera de 2018 todos esos colaboradores tenían un acceso relativamente fácil al soberano, pero ya no es así. Desde abril de ese año Mohamed VI ha fundado, al mes siguiente de su divorcio de Lalla Salma, una nueva familia. Está integrada por los tres hermanos Azaitar, alemanes de orígen marroquí, antiguos luchadores de artes marciales, que con el tiempo han traído además de Alemania a Marruecos a otros familiares.
La fratría y el rey se han convertido en inseparables hasta el punto de que se van juntos de vacaciones. Aunque no influyen en política, los exboxeadores sí ejercen un cierto control sobre la agenda del monarca. Incluso los más estrechos colaboradores deben, a veces, pasar por ellos para despachar con el rey.
Desde mayo de 2021 el entorno oficial del soberano ha intentado convencerle de que prescinda de estos exdelincuentes -dos de ellos cumplieron penas de cárcel en Alemania- que perjudican la imagen de la monarquía. Con tal propósito instigaron dos grandes campañas de prensa en las que, desde “Hespress”, el diario más leído de Marruecos, hasta “Barlamane”, vinculado al Ministerio del Interior, arremetieron ferozmente contra los Azaitar. Participó incluso en ellas “Chouf TV”, una televisión online afín a los servicios secretos. Intentaron además utilizar a “Mediapart”, un diario digital francés de prestigio. De nada sirvió esta embestida porque los Azaitar siguen pegados, quizás incluso tutelan, a Mohamed VI.
Estos problemas de gobernanza se enmarcan en una crisis económica provocada por la pandemia y acentuada por la guerra en Ucrania y el consiguiente aumento de los precios de los alimentos. En un año han subido en Marruecos 14,1% mientras que el transporte aumentó un 12,8%, según el Alto Comisionado para el Plan (HCP). Mientras tanto el crecimiento económico renquea. Este año se situará en el 0,8%, el más bajo de todo el norte de África, y en 2023 llegará al 3,1%, según la última previsión del Fondo Monetario Internacional. Es muy insuficiente para un país como Marruecos que necesita crecer para generar empleo.
¿Por qué los marroquíes no se echan entonces a la calle para protestar? “(…) las manifestaciones de descontento social han sido frenadas por una represión cada vez más dura”, explicaba en junio el economista marroquí Fouad Abdelmoumni en “Orient XXI”. “Se ha instaurado un régimen de terror, con programas de espionaje introducidos en los teléfonos de miles de líderes de opinión, chantaje mediante grabaciones sexuales, acoso múltiple y campañas para desprestigiar a las voces críticas”, añadía.
A eso hay que agregar, proseguía en su artículo, “las elevadas y numerosas condenas de privación de libertad a blogueros por delitos de opinión y la parodia de juicios por abusos sexuales contra los principales columnistas de prensa críticos (Taoufik Bouachrine condenado a 15 años, Soulaimane Raissouni a 5 años y Omar Radi a 6 años) o por mala praxis financiera (el historiador y activista Maâti Monjib sometido a múltiples juicios y condenas desde 2015)”. “Las manifestaciones se prohíben sistemáticamente y a menudo se reprimen con dureza desde la introducción de las leyes de emergencia en 2020 con el pretexto de la pandemia”, concluía su explicación
