El partido populista de extrema derecha alemán AFD obtuvo en las últimas elecciones federales de su país más de diez millones de votos y casi un 21% de los sufragios emitidos, Vox crece en las encuestas y la formación política de Marine Le Pen -cualquiera que sea su candidato- es muy probable que obtenga el poder en las próximas presidenciales.
Por Fernando Maura, director del Foro LVL. Publicado en La Voz de Lázaro el 12 de agosto de 2025
Es sabido que las fuerzas políticas que han hecho bandera del nacionalismo y que se oponen a cualquier avance en el ámbito de la unidad europea también muestran su escepticismo hacia una posible amenaza rusa a la seguridad de sus países, viéndose -como ocurre en algunos casos además- beneficiadas por apoyos financieros procedentes de Putin.
La elección de Trump para un segundo mandato parecía también abonar el pronóstico de que el populismo iba a experimentar un auge considerable empujado por esa nueva y segunda ola. Pero lo que está sucediendo, en realidad, es que las medidas del presidente norteamericano no se encuentran guiadas por los intereses de sus afines, ni siquiera de una manera indirecta. Antes bien, el proyecto MAGA está atizando reacciones contrarias, de refuerzo de un nacionalismo que puede catalogarse como de izquierdas -México- o liberal -Canadá-, y que en Europa determinadas actuaciones trumpistas -como la caótica guerra comercial que sigue desatando- genera efectos muy contradictorios en los países que los sufren, y los partidos populistas que militan en el espacio de la derecha radical reaccionan de manera diferente. ¿Qué explicará Vox a sus votantes del sector primario en el caso de que se hundan las exportaciones de vino y de aceite con destino a los Estados Unidos?
Será preciso convenir en que el auge o la caída de los partidos populistas que se alojan en este espectro del arco político no guardan relación con los de otros, que se encuentran motivadas sus fluctuaciones electorales por causas situadas en sus espacios propios, que son los nacionales.
Sin embargo, aun cuando sea la clave nacional la que se encuentra en la base de sus resultados, está claro que su presencia y desarrollo tiene su origen en la misma causa, que no es otra que la desconfianza de la ciudadanía respecto de su clase dirigente. Una desconfianza alimentada por el mecanismo de retroalimentación que conducen los mensajes más sencillos -y menos reales, por otra parte- en las redes sociales.

El instituto Ipsos viene publicando lo que se conoce como el Broken System Index, que mide lo que podríamos calificar en términos generales como el grado de insatisfacción de los ciudadanos con sus dirigentes. Como podrá adivinar sin excesivo esfuerzo el lector, éste es muy alto. Países como Turquía o Sudáfrica son las campeonas en este lastimoso ranking, pero no deja de resultar singular que el Reino Unido se encuentre también entre las naciones más rotas, en opinión de sus propios encuestados. En la posición más favorable están Suecia, Alemania o los Países Bajos que se encontrarían entre los más sólidos, o, si se prefiere, los menos criticados por sus nacionales. España se encontraría en una posición media de la tabla.
Revela la encuesta lo que, por otra parte, la percepción general pone en evidencia con carácter cotidiano. Que ya no hay pensadores, políticos, periodistas de referencia, y que, cuando existen, éstos son rigurosamente desterrados en el margen o en las notas a pie de pagina de un relato que, aunque inconsistente, gana adeptos. Carentes de liderazgo, las sociedades aspiran a verse representadas por hombres fuertes, como repetía con amarga constancia la líder radical italiana Emma Bonino.
A esta demanda le corresponde, por lo tanto, la oferta populista. Pero no se trata de una sola respuesta sino de varias, tantas como países y partidos. De esta manera, las propuestas del PiS polaco diferirán de las de AfD en Alemania, del RN de Francia o del mismo Trump difieren entre sí. Compruébese en este sentido la espantada del representante de Ressemblement National, Bardella, ante el saludo neo-nazi de Steve Bannon en una conferencia trumpista en febrero de este mismo año.
Y es que la sola idea de sugerir la existencia de una internacional de populistas-nacionalistas es una contradicción en sus términos. Por eso, la respuesta que puedan proponer cada uno de ellos a las diversas estrategias de compromiso de integración a escala europea es diferente. Pero los partidos tradicionales en todo caso sortean una posible negativa nacional -vale decir populista-. Ahí está la propuesta del Defense, Security and Resilience Bank que se crearía para financiar los gastos militares, una institución que estaría alejada de los controles políticos, en especial del Parlamento y de la Comisión europeos, que son los lugares en los que se alojan los diputados y los gobiernos dirigidos por el populismo, sin exclusión del lado del arco político en el que se encuentren.
Actuar como si el populismo no existiera, reducir los estándares democráticos, esconder la cabeza debajo del ala. Supone ofrecer una respuesta errónea a la lucha en contra de ellos. En política los atajos no existen, al menos si lo que se pretende es conseguir resultados duraderos. El antídoto contra el populismo no puede ser menos democracia, sino al contrario. El reto consiste en dirigirse con claridad a los ciudadanos, explicar los problemas con los que nos encontramos, definir la soluciones, y confiar en su actitud. Se trata de una política difícil y que no siempre conduce al puerto necesario. Pero la alternativa a ella será que tendremos más populismo, no menos.
