Teherán parece decidida a atacar puertos, refinerías y yacimientos en el golfo Pérsico. Un bloqueo total y prolongado disparará el precio del petróleo y el gas
Publicado en El Orden Mundial, el 2 de marzo de 2026
El mundo nunca ha estado tan cerca de un bloqueo total del estrecho de Ormuz, la principal arteria petrolera del mundo. El ataque de Estados Unidos e Israel sobre Irán y la respuesta del régimen han provocado un cierre efectivo del paso, mientras la Guardia Revolucionaria iraní advierte de que incendiará cualquier barco que intente cruzarlo y Washington niega su cierre. De momento, los mercados energéticos aguantan, aunque un bloqueo definitivo y prolongado dispararía el precio de la energía. Ese es precisamente el objetivo de Irán, que busca internacionalizar el conflicto para aumentar la presión sobre Estados Unidos e Israel, como demuestran los ataques a infraestructuras energéticas clave de la región. La gran pregunta es cuánto tiempo logrará Teherán sostener su órdago.
Situado entre las costas de Irán y Omán y de apenas 34 kilómetros de ancho en su punto más angosto, por el estrecho de Ormuz pasa el 20% de todo el petróleo y el gas del mundo. Y aunque sus hidrocarburos abastecen a todo el planeta, Asia es la región más dependiente con un 84% del petróleo y un 83% del gas licuado que lo atraviesan, según la Agencia Internacional de la Energía. Por esa importancia estratégica, la República Islámica de Irán ha amenazado con bloquearlo en repetidas ocasiones en el pasado, pero nunca ha llegado a hacerlo, ni siquiera durante la “guerra de los petroleros” con Irak de los años ochenta.
Ahora, la Guardia Revolucionaria iraní da por cerrado el estrecho de Ormuz. No obstante, lo han hecho las propias navieras de manera preventiva ante los ataques contra buques petroleros e instalaciones energéticas, así como el incesante intercambio de misiles y drones en los cielos del golfo Pérsico.
Este lunes, dos días después del inicio de los bombardeos coordinados entre Estados Unidos e Israel sobre Irán, los mercados despertaron con una subida del 8% en el precio del Brent, la referencia global del sector petrolero. Es de momento un incremento moderado y síntoma de que la bolsa confía en una resolución rápida y contenida del conflicto, aunque el nerviosismo aumenta a medida que Irán mantiene el pulso a Estados Unidos e Israel. De hecho, el precio del gas ya se ha disparado un 40% en Europa, si bien continúa muy lejos del pico de 2022. La situación es aún muy distinta a la de la guerra de Ucrania, pero todo depende de cuánto se alargue el conflicto.
Hasta ahora, la infraestructura energética de la región se había librado de la nueva oleada de bombardeos. Sin embargo, Teherán parece decidida a tensar la situación en el golfo Pérsico atacando puertos, refinerías y yacimientos de sus vecinos. En este sentido, tanto la terminal catarí de gas licuado Ras Laffan, la más importante de la región, como la refinería saudí de Ras Tanura, se han visto obligadas a echar el cierre tras ser atacadas con drones.

Si Irán insiste en esa estrategia, incrementaría la presión internacional sobre Washington para detener las hostilidades, aunque también incentivaría a los países del Consejo de Cooperación del Golfo a sumarse a la ofensiva. Pese a los riesgos, el régimen iraní está arrinconado y no es sólo que enfrente a Estados Unidos e Israel: está en riesgo su propia supervivencia, y usar el petróleo como arma es de las pocas alternativas que le quedan para internacionalizar el conflicto.
Sin alternativas a Ormuz
Irán, por sí sola, apenas produjo en 2024 el 5% de todo el petróleo y el 6% del gas natural del mundo, según el Energy Institute. Años de sanciones occidentales y falta de inversión han hecho mella en su industria y han reducido su cartera de clientes prácticamente a China. Tiene además una debilidad: la escasa profundidad de su costa le hace concentrar la inmensa mayoría de sus exportaciones en una sola terminal, la de Kharg. Pero la geografía le ha entregado a Teherán a cambio la llave del principal cuello de botella de hidrocarburos del mundo, para el que no hay ninguna alternativa.
Irán, Kuwait y Catar exportan todo su petróleo a través del estrecho, Irak el 97%, Arabia Saudí el 89% y Emiratos Árabes Unidos el 66%, según el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales. En la región sólo hay dos tuberías que permiten puentear Ormuz: el oleoducto Este-Oeste de Arabia Saudí, que conecta con el mar Rojo, y otro de Emiratos que conduce hasta la ciudad de Fujaira, en el golfo de Omán.
LA PRODUCCIÓN DE HIDROCARBUROS DEL GOLFO PÉRSICO
Porcentaje de la producción global en 2024
(tamaños ajustados según valores absolutos)

Esa dependencia enlaza con su sensibilidad geográfica. Las rutas marítimas de ida y vuelta del estrecho de Ormuz apenas miden tres kilómetros de ancho y su poca profundidad permite minar su lecho marino, mientras que su cercanía a la costa lo hace vulnerable a ataques con misiles lanzados desde tierra o la intervención de barcos patrulleros o helicópteros. Esa era la baza con la que jugaba hasta ahora Irán, y no tanto con que las propias aseguradoras y comerciantes petroleros decidieran alejarse de sus aguas.
Estados Unidos e Israel convirtieron a la armada iraní en un objetivo prioritario desde los primeros momentos de su ataque precisamente para inutilizar su fuerza naval —el Mando Central estadounidense afirmó haber destruido todos los barcos de Irán, once, en el golfo de Omán—. Y si Teherán intentara bloquear Ormuz con nuevos barcos, es muy probable que Washington los hunda en cuestión de horas.
Una calma tensa
Pese a ello, al menos 150 buques han fondeado en aguas abiertas del Golfo, a la espera de que el conflicto dé visos de resolverse. El problema es que el tiempo corre en contra del mercado petrolero: no hay alternativas a Ormuz, los productores de Oriente Próximo pueden aguantar no más de veinticinco días antes de que la saturación del almacenamiento les obligue a detener su actividad y el riesgo de un desabastecimiento energético global aumenta a medida que su reapertura se prolonga.
El gran miedo del mercado es que la infraestructura energética se convierta en un objetivo de guerra, como ya está empezando a ocurrir, y que Irán instrumentalice la ausencia de alternativas tratando de implementar un bloqueo férreo de Ormuz. Sin embargo, ninguna de las dos circunstancias se dan ahora a gran escala, y de hecho, pierden fuerza a medida que Estados Unidos e Israel neutralizan el arsenal militar iraní.
En consecuencia, el precio del barril de Brent ronda los ochenta dólares, lejos de los 139 que marcó tras la invasión rusa de Ucrania o el récord histórico de 147,5 en 2008. Por el momento, parece complicado que el conflicto en Irán devenga en una recesión global como el shock petrolero de 1973 o la invasión de Kuwait en 1990 por parte de la Irak de Sadam Huseín, tal y como afirma el periodista experto en energía Javier Blas.
Esa calma tensa tiene dos razones. Por un lado, la producción de petróleo lleva meses superando a la demanda y ha permitido a los países más dependientes de su importación rellenar sus reservas, incluida China, a lo que se suma el fin del invierno en el hemisferio norte. Por otro, la revolución del fracking ha reforzado la hegemonía petrolera de Estados Unidos, que en 2018 adelantó a Arabia Saudí y Rusia como principal productor del mundo y en 2019 se convirtió en exportador neto. Ese papel le otorga mayor poder a la hora de fijar los precios y le otorga cierto margen de maniobra en caso de desabastecimiento.
En el caso del gas, su cotización en Europa sí que mostró signos de pánico ayer, cuando se anotó una subida de casi el 40% tras el cese de la producción catarí. Sin embargo, aún es pronto para hablar de una nueva crisis energética en el Viejo Continente: el precio del gas se sitúa en los 45 euros por megavatio y hora, lejos de los 345 que llegó a alcanzar en 2022. La industria global del gas es más resistente además hoy en día que tres años atrás, gracias a la construcción de nuevas terminales de gas licuado, especialmente en Estados Unidos, y el aumento de la producción. Catar tampoco debería tardar mucho en reactivar su industria y Asia, que es la gran perjudicada del corte de Ormuz, puede acudir temporalmente al carbón para sustituir los hidrocarburos árabes.
La carta de Ormuz ya está sobre la mesa
Actualmente, Irán está asfixiando el estrecho para deteriorar la seguridad en la zona hasta hacerlo inoperable para el comercio occidental. En este sentido, más de la mitad de las principales aseguradoras del mundo han dejado de cubrir los riesgos de guerra a los barcos que ingresen en el Golfo. Es un planteamiento que también asfixia al propio Irán, dado que la inmensa mayoría de sus exportaciones atraviesan Ormuz, pero al régimen no le quedan muchas más armas con las que atacar a Occidente.
En esa estrategia también interviene la guerra electrónica, que usan tanto Irán como Estados Unidos e Israel. En las primeras veinticuatro horas del conflicto, 1.100 barcos registraron interferencias en sus señales GPS. Estas interrupciones se extienden a los aeropuertos de Emiratos Árabes Unidos o el interior de Irán, lo que incrementa el riesgo de colisiones y alimenta una parálisis operativa. Si los barcos no pueden recibir señales desde tierra ni utilizar sus propios radares, navegan a ciegas. Llegado el momento, si el intercambio de misiles se estabiliza e Irán mantiene el pulso, es probable que Estados Unidos y sus aliados lancen una misión para escoltar a sus buques comerciales y garantizar que el petróleo alcance los mercados internacionales, como ya ocurrió en los años ochenta durante la guerra entre Irak e Irán.
Hasta el ataque de este fin de semana, destructores chinos y corbetas rusas ayudaban a Irán a patrullar sus aguas dentro del llamado «triángulo de hierro”, una alianza informal basada en la convergencia de intereses. No obstante, ese apoyo ha quedado muy debilitado en las últimas horas: China ha proporcionado inteligencia a Teherán pero busca un apaciguamiento de las tensiones, mientras que Rusia ha decidido mirar hacia otro lado.
Asimismo, el bloqueo de Ormuz no sólo afectaría a Occidente. Para China, el paso de entrada al golfo Pérsico es fundamental, dado que su suministro energético total depende de él en un 37%. Un cierre iraní afectaría la seguridad nacional de su principal socio económico y convertiría a Irán en una amenaza para la economía china. Esto forzaría a Pekín a buscar alternativas energéticas y potencialmente, se uniría a la presión internacional contra Irán para reabrir la vía.
Por otro lado, aunque Teherán tiene capacidad para sembrar minas y lanzar ataques asimétricos, es muy complicado que pueda cerrar el estrecho de forma completa y duradera frente a una coalición internacional. Por eso la estrategia iraní se basa en la doctrina de denegación de área: encarecer el tránsito mediante la percepción de peligro en lugar de un bloqueo físico convencional.
Para evitar que ese bloqueo se enquiste, sabiendo ya que Teherán está dispuesta a todo para repeler su ataque y que se niega a capitular, Estados Unidos e Israel tienen dos salidas: hacer añicos el arsenal militar iraní o sentarse a negociar. Por el momento, los mandos militares de ambos países sólo contemplan la primera opción, dada su superioridad armamentística y que han descabezado al régimen, pero si Irán consigue incendiar los mercados internacionales es posible que la vía diplomática se reactive. Teherán es consciente de que lo que está en juego es su colapso definitivo y de que la prudencia hace tiempo que dejó de ser una opción. Tras décadas de amenazas, la carta de Ormuz ya está sobre la mesa.
