El cambio radical de paradigma nos obliga a los europeos a asumir la responsabilidad de defender nuestra seguridad y los valores que son base de nuestra civilización. Se trata de un gran desafío cuyo fracaso podría ser irreversible
Por Fernando del Pozo y Manuel de la Cámara, publicado en El Debate
Cuando se cumple el 80 aniversario del final de la II Guerra Mundial las democracias europeas nos enfrentamos a un doble reto a nuestra seguridad: el mayor conflicto bélico en nuestro continente en esos ochenta años, con la agresión armada de Rusia contra Ucrania, y el regreso a la presidencia de Estados Unidos de Donald Trump mostrando un comportamiento mucho más errático e impredecible que durante su primer mandato y que ignora a Europa en las negociaciones sobre Ucrania.
El orden internacional basado en reglas, cuya esencia está recogida en los artículos 2.3 y 2.4 de la Carta de las Naciones Unidas, está siendo reemplazado por el creciente uso de las relaciones de poder, las “esferas de influencia”, la “diplomacia transaccional” y la agresión armada o híbrida contra otros Estados.
Nuestro principal vecino oriental, Rusia, ha pasado a ser una potencia agresiva, imperialista y peligrosa, y nuestro principal aliado, Estados Unidos, ha dejado de ser predecible, particularmente sobre su compromiso con la Alianza que hasta ahora ha salvaguardado nuestras libertades. La inestabilidad en nuestro vecindario sur es otra amenaza. En el Magreb están procediendo a un rearme acelerado y en el Sahel las milicias yihadistas intensifican sus ataques sobre la población civil, provocando un fuerte éxodo migratorio
Desde Washington ya no se invocan los valores comunes que son la base de la relación transatlántica. Incluso aspectos menos conocidos, pero no poco importantes del Tratado de Washington están siendo ignorados, como el Artículo 2: “Las Partes […] intentarán eliminar los conflictos en sus políticas económicas internacionales y fomentarán la colaboración económica entre cualquiera de ellas o entre todas ellas”. Las acciones de Trump nada más asumir la presidencia creando innecesariamente una guerra comercial en clara violación del Artículo 2 citado, refuerza las dudas sobre su posible fidelidad a otros aspectos más cardinales del Tratado, como el Artículo 5, mientras parece entenderse bien con líderes autoritarios como Vladimir Putin.
Desde 1949, la Alianza Atlántica ha sido la piedra angular de nuestra defensa colectiva. El Artículo 5 del Tratado de Washington establece que un ataque contra uno de sus miembros será considerado como un ataque contra todos. Sin embargo, su aplicación está condicionada a la conveniencia de cada aliado, ya que cada uno podrá responder “con las acciones que estime necesarias” en auxilio del aliado que haya sido atacado (limitación que Putin ha puesto de manifiesto diciendo, literalmente, que el Tratado de Washington es un “bluff”). Mientras el presidente Biden se comprometió reiteradamente a defender “cada pulgada” del territorio de la OTAN, Trump ha adoptado una actitud mucho más ambivalente, poniendo en duda si Estados Unidos debería defender a los aliados que no cumplan con sus compromisos de gasto en defensa, y sugiriendo que la seguridad europea no es ya crítica para EEUU. Una nueva muestra de ello ha sido la filtración desde la Casa Blanca de planes para, dentro de los extensos recortes en su administración, cancelar por completo las contribuciones de los EEUU a las finanzas de la OTAN, aproximadamente un sexto del total.
Este planteamiento podría extenderse más allá de la presidencia de Donald Trump, porque EEUU se encuentra ante el imperativo estratégico de concentrar sus recursos
tecnológicos y militares para hacer frente al rápido ascenso de China como gran rival regional y global, que parece desencadenar la famosa “trampa de Tucídides” (“Fue el ascenso de Atenas y el temor que esto infundió en Esparta lo que hizo inevitable la guerra”). Las preocupaciones europeas en materia de seguridad en relación con Ucrania contrastan ahora fuertemente con los objetivos estratégicos más amplios y geográficamente alejados perseguidos por Washington, lo que pone de relieve una brecha sustancial y cada vez mayor en las prioridades entre ambos lados del Atlántico.
Este cambio radical de paradigma nos obliga a los europeos a asumir la responsabilidad de defender nuestra seguridad y los valores que son base de nuestra civilización, la democracia, el estado de derecho, la economía de mercado, el libre comercio y el orden internacional basado en reglas. Se trata sin duda de un gran desafío cuyo fracaso podría ser irreversible.
Desafortunadamente, con el fin de la Guerra Fría y la desaparición del temor a un conflicto generalizado, los europeos decidimos que nuestro esfuerzo militar en el marco de la Unión Europea (la Política Común de Seguridad y Defensa, PECSD) se podía limitar a las llamadas “misiones Petersberg” (prevención de conflictos, gestión de crisis y operaciones de apoyo a la paz), habitualmente en teatros alejados del territorio europeo. La defensa colectiva quedó como responsabilidad casi exclusiva de la OTAN, con la que la Alianza garantizaba la protección y liderazgo de la superpotencia norteamericana. Ello, a pesar de que el Tratado de la Unión Europea (TEU) recogía en su artículo 42.7, para el caso de que un Estado miembro sufriera agresión por parte de un tercero, un compromiso de defensa colectiva incluso más fuerte. Las exigencias de las misiones Petersberg son desde luego notoriamente inferiores a las de la defensa colectiva, pero ello fue pasado por alto en vista de que se estimaba como muy baja la probabilidad de tener que actuar en defensa de Europa, y en aras de la feliz recogida de los “dividendos de la paz”.
Como resultado la UE, aunque continuó manteniendo unas fuerzas para contribuir de manera razonable a las obligaciones de la OTAN, descuidó equiparse con una estructura de mando y control con la que poder manejar las fuerzas necesarias para una operación propia, como infaustamente demostraron las crisis de Kosovo y Libia, estructura que la OTAN sí mantuvo y actualizó periódicamente para poder operar las fuerzas que se le confiaran. El descuido fue de tal magnitud que incluso las misiones Petersberg quedaron infradotadas de esos indispensables elementos, hasta el extremo de que la UE se vio obligada a negociar la cesión por la OTAN de “medios y capacidades” para poder llevar a cabo de manera autónoma incluso aquellas modestas misiones.
Para hacer frente a estos retos, principalmente al posible repliegue de nuestro principal aliado, los europeos necesitamos disponer no sólo de unas estructuras de mando, hoy inexistentes; no sólo de las fuerzas que la recogida de los “dividendos de la paz” había permitido conservar; sino también y más principalmente de unas fuerzas armadas potentes, equipadas con las mejores y más modernas capacidades militares adaptadas a los nuevos campos de batalla – en gran medida transformados precisamente por la guerra de Ucrania – apoyadas en una base industrial de defensa que sea competitiva y que se convierta en un pilar de nuestro desarrollo tecnológico, reduciendo nuestra dependencia exterior. Y por supuesto de la voluntad política de utilizarlas.
Veamos en primer lugar la manera de equiparlas.
La industria de defensa
El Libro Blanco de la Defensa Europea, publicado en marzo de 2025, establece un marco estratégico para fortalecer la seguridad y defensa de la UE de cara a 2030. Se une a otras iniciativas adoptadas por la UE en los últimos años y al nombramiento de un Comisario de Defensa y Espacio. Sobre esta base, la Comisión Europea ha aprobado recientemente varias medidas para aumentar el gasto en defensa en Europa a través de su Plan ReArm Europe y la estrategia Readiness 2030. La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Layen, ha propuesto que los Estados Miembros (EM) aumenten su gasto en defensa en una media de 1,5 puntos porcentuales del PIB durante el periodo 2025-2029. Propone además la creación de una línea de crédito de 150.000 M€, respaldada por el presupuesto de la UE, para apoyar las adquisiciones conjuntas de material de defensa por los Estados miembros. La financiación estará supeditada a que al menos el 65% de los costes de producción se realicen en el marco paneuropeo de Defensa, es decir la UE, Noruega y Ucrania (se está negociando con el Reino Unido para alcanzar un acuerdo que le permita incorporarse a este plan). Además, los EM pueden desviarse de las normas fiscales de la UE establecidas en el Pacto de Estabilidad y Crecimiento para que puedan incrementar en ese periodo el mencionado porcentaje adicional de PIB en gasto en defensa.
La Comisión pretende movilizar hasta 800.000 M€ en cuatro años a través de diversos mecanismos, como préstamos, inversiones de capital privado y reutilización de fondos de la UE ya existentes como son los de la política de cohesión. Se pide al Banco Europeo de Inversiones que revise su política de préstamos para apoyar proyectos de defensa, se introduce la exención del IVA a proyectos multinacionales de defensa y se procederá a la simplificación regulatoria para promover adquisiciones conjuntas entre al menos tres Estados miembros. Los gobiernos de los EM deben presentar a la Comisión planes detallados de inversión en defensa, especificando actividades, gastos y medidas a financiar, así como la participación en compras conjuntas de armamento y tecnología.
La UE quiere ejercer una presión muy fuerte sobre los EM para que aumenten su gasto en defensa, entendido éste en forma amplia al incluir no solo armamento y capacidades militares tradicionales, sino también ciberseguridad, protección de infraestructuras críticas y otras áreas relacionadas. La UE alinea sus expectativas con el compromiso de gasto en defensa asumido en la OTAN en 2014 de que cada país aliado destine anualmente al menos el 2% del PIB a gastos de defensa, lo que se convirtió en un compromiso mínimo en la cumbre de Madrid de 2022 en respuesta al deterioro del entorno de seguridad internacional. De hecho, la Alianza ya recomienda elevar el porcentaje al 3% e incluso más.
Por su parte, y como muestra del renovado interés de Alemania por la Defensa, el Bundestag ha aprobado recientemente, por una mayoría de dos tercios, una modificación histórica de su Ley Fundamental que permite al gobierno superar el anterior límite de endeudamiento del 0,35% del PIB, para inversión en proyectos de defensa e infraestructuras. Se trata sin duda de un hecho fundamental que refleja el profundo cambio que se está produciendo en la opinión pública alemana. Será preciso que ese rearme alemán se efectúe de forma muy coordinada con sus socios y aliados europeos para evitar resucitar temores del pasado.
Todas estas medidas, si se aplican, pueden conseguir el desarrollo de unas Fuerzas Armadas europeas no sólo más capaces, sino más compatibles desde los puntos de vista logístico y de adiestramiento. A lo largo de estos últimos años Europa ha ido construyendo fuerzas militares multinacionales que han fortalecido mucho la consecución de esos objetivos, particularmente el de adiestramiento, pero no tanto el de la logística, puesto que intereses comerciales han tenido prioridad sobre las necesidades operativas. Es preciso solventar este aspecto actuando sobre la industria, algo que sólo los Gobiernos y sólo de común acuerdo pueden conseguir.
Lanzado el proceso de coordinar la producción industrial de defensa en Europa bajo la responsabilidad de la Comisión, buscando colaboración donde antes había simple y dura competitividad, es preciso admitir que esos avances no serán suficientes si no se establecen mecanismos efectivos de mando y control a nivel multinacional, evidentemente europeo, así como examinar qué fuerzas puede Europa poner a disposición de ese deseado proceso de paz en Ucrania que probablemente será nuestro desafío de importancia más inmediato.
¿Unión Europea o coalición?
Tanto el artículo 5 del Tratado de Washington como el artículo 42.7 TEU proporcionan el marco legal para que los europeos aseguremos la disuasión, base de nuestra defensa colectiva. Sin embargo, el hecho de que en ambos casos sea preciso el consenso de todos los países miembros, comprensible exigencia por los compromisos que individualmente se adquieren, pero siempre difícil de alcanzar, obstaculiza una actuación lo suficientemente flexible y ágil en casos de crisis. Dadas las limitaciones impuestas por los Tratados vigentes, actualmente sólo una coalición de los principales Estados europeos parece capaz de garantizar la seguridad colectiva y de reforzar nuestro papel estratégico al nivel global, para con esa base avanzar hacia unas políticas exterior y de defensa europeas verdaderamente integradas.
Esta coalición deberá asumir inicialmente la responsabilidad de garantizar el cumplimiento del alto el fuego en Ucrania, en el caso de que se llegue a una solución pactada al respecto, durante el tiempo necesario para negociar una paz permanente. Francia y el Reino Unido están definiendo las modalidades de creación de una coalición, de una “fuerza de garantía” o de “seguridad” que se pueda desplegar sobre el terreno para ese fin (se ha propuesto para ella el término inglés “reassurance force” en un intento de hacerla más aceptable a los dos contendientes, arriesgando el mismo error que debilitó hasta la irrelevancia los Protocolos de Budapest por no haberse aceptado en ellos el término “guarantees”, más problemático pero más imperativo que el de “assurances” que finalmente se empleó). Y también para reforzar la disuasión en los EM más expuestos, a medida que se van replegando las fuerzas norteamericanas desplegadas en Europa. Será fundamental que a ella se unan otros países europeos, como Alemania, una vez ha tomado posesión el nuevo gobierno surgido de las elecciones de febrero pasado.
Para ello es preciso ver de qué fuerzas disponemos, teniendo en cuenta que la operación será, por su naturaleza, eminentemente terrestre, cómo están de preparadas y qué opciones existen para elaborar planes, organizarlas y conducirlas.
Las fuerzas
La fuerza necesaria para desplegar en Ucrania para asegurar el proceso de paz deberá tener una entidad de dos o más Cuerpos de Ejército, si esperamos que tenga un efecto de disuasión suficientemente potente. El General Kellogg, enviado especial del presidente Trump para Ucrania y Rusia, es por ahora el único que ha aventurado detalles de cómo, en su opinión, sería la disposición de zonas y fuerzas para esa misión, pero siguen siendo muy volátiles e inconcretos. Sea cual sea el plan final, cabe esperar de las naciones europeas que provean fuerzas en entidad suficiente, junto con sus Cuarteles Generales hasta el nivel de Cuerpo de Ejército.
España puede y debe ser un contribuyente importante, y sería muy llamativo que no lo hiciera pues sus compromisos con otras fuerzas europeas sobre el papel son de notable entidad. En principio dispone de un Cuartel General de Cuerpo de Ejército en Bétera (NATO Rapid Deployable Corps, NRDC), que tiene asignadas una división española y dos brigadas mecanizadas portuguesa y griega. Tiene además asignada una división al Eurocuerpo, que es la primera gran unidad que viene a la mente a la hora de formar una fuerza terrestre europea de entidad, a la que también contribuyen divisiones o brigadas francesas, alemanas, belgas, luxemburguesas, y polacas. Y, dependiendo de la índole de la misión, la Fuerza Anfibia Hispano-Italiana (SIAF) de entidad brigada, que incluye contingentes griego y portugués, también podría contribuir en el caso de que Italia participe; en caso contrario la brigada anfibia del Tercio de Armada puede acudir por sí misma o con los contingentes mencionados.
Más allá de las que cuentan con participación española existen numerosas fuerzas europeas terrestres o anfibias multinacionales, tales como, a nivel cuerpo de ejército, los NRDC italiano y germano-holandés, y el Multinational Corps Northeast polaco/alemán/danés, todos ellos con sus correspondientes fuerzas divisionarias asignadas; a nivel de división la Joint Expeditionary Force liderada por el Reino Unido y la Multinational Division Centre por Hungría; a otros niveles, los Balkan, Nordic y Visegrad Battlegroups, la Multinational Land Force, o la Lithuanian-Polish-Ukranian Brigade. Todo ello sin contar las unidades desplegables puramente nacionales. Pero es preciso poner énfasis en las unidades ofrecidas a fuerzas multinacionales, pues representan implícitamente un mayor nivel de compromiso.
Naturalmente esta suma de fuerzas o cualquier combinación de ellas necesita ser organizada y sometida a un mando superior, que desafortunadamente no existe en la UE, y que habría que improvisar en el caso de una coalición ad hoc. Pero sí existe en la OTAN, y los Acuerdos Berlin Plus, que consagraron el apoyo de “medios y capacidades” de la OTAN a misiones Petersberg para que la UE pudiera acometerlas dan considerable libertad a ésta para elegir esos préstamos, de los que los “medios” (p.ej., Cuarteles Generales) serían temporalmente transferidos, mientras que las “capacidades” (p.ej., provisión de inteligencia, comunicaciones o planeamiento) serían proporcionadas sin transferencia de los elementos que las elaboran.
Pero mientras que una posible misión de seguridad (o “reassurance”) tal como se está concibiendo caería de lleno dentro de las definiciones de Petersberg por lo que sería en principio candidata a esas cesiones, la fuerza para llevarla a cabo no sería totalmente de la UE, pues nadie duda de las contribuciones británica y noruega al menos, y tal vez turca, lo que dificultaría la cesión de ese indispensable apoyo. Ello no obstante, los acuerdos Berlin Plus confieren considerable flexibilidad respecto a su aplicabilidad, incluyendo específicamente a los MS que son aliados de la OTAN y a los que, no siéndolo, sean participantes del Partnership for Peace, lo que dejaría fuera solamente a Chipre, por lo que parece que hay margen para negociar.
Este esquema permitiría confiar dentro del apartado “medios” en la transferencia por la OTAN para esta formidable operación de un Cuartel General del nivel superior (Allied Joint Forces Command). El candidato adecuado sería el JFC Brunssum, en los Países Bajos, tanto por su composición (mandos superiores europeos) como por su experiencia reciente (es responsable de buena parte del actual despliegue de fuerzas aliadas en los Países Bálticos, Polonia, Eslovaquia y Hungría). En el apartado “capacidades”, el planeamiento de esta gran operación, a falta de un Cuartel General de la UE a ese nivel que sería lo apropiado, podría confiarse al Mando Supremo Aliado de Europa (SHAPE), siempre al amparo de los acuerdos Berlin Plus.
También dentro del apartado “capacidades” se podría y debería solicitar el acceso, vía JFC Brunssum, a las fuentes de inteligencia y medios de comunicaciones de la OTAN, y la provisión de servicios de la Fuerza de Alerta Aérea Temprana de la OTAN (NAEW&CF).
Un factor nuevo, que sea cual sea el planeamiento de esta gran operación debe tener en cuenta, es la aparición de los “drones” como elemento disruptor del campo de batalla. Más allá de sus consecuencias en la táctica, los drones han facilitado la guerra defensiva en grado superlativo, de tal modo que, una vez alcanzado el dominio de un área por el atacante, los frentes se estabilizan y demuestran ser muy difíciles de alterar. Cabe suponer que las fuerzas europeas no van a llevar a cabo acciones ofensivas, pero su estrategia defensiva se ha de parecer más a la antigua forward defence de los primeros años de la OTAN, es decir con los más potentes medios de combate posicionados en vanguardia para inmediata reacción, que a las diversas variantes de flexible response o tripwire strategy que se aplicaron más tarde, consistentes en posicionar fuerzas débiles en vanguardia en la confianza de que las más potentes de retaguardia serán capaces de repeler al enemigo y recobrar el terreno perdido. No parece que hoy esta estrategia sea aplicable. Ello también recomienda para esta misión formar fuerzas potentes, cohesionadas en forma de cuerpos de ejército, frente a la tentación invocada por la experiencia de las misiones Petersberg de usar fuerzas dispersas y débiles.
Para las Fuerzas Aéreas, tanto sus elementos de combate como los de movilidad logística podrían operar desde bases exteriores, si se trata, como parece en principio, de denegación del espacio aéreo. Será preciso planear cuidadosamente la defensa antiaérea de las bases de operaciones, en lo que se deberá incluir los centros de evacuaciones y rescates que deberán ser próximos a las bases de despliegue. Estas complejidades harán las operaciones aéreas muy dependientes de la definición de la misión, por lo que no es fácil en la presente tesitura aventurar la entidad de la fuerza necesaria.
Las Fuerzas Navales tienen similares ventajas, al poder utilizar para operar en el Mar Negro bases navales o puertos aliados en Turquía, Rumania y Bulgaria, aunque las restricciones de la Convención de Montreux, que limita el tonelaje total y la duración de la estancia de unidades navales ajenas al Mar Negro, son un importante obstáculo. Por ello, los despliegues de fuerzas navales, tanto para asegurar el libre tránsito de mercantes, especialmente desde el puerto de Odesa, como para levantar las minas existentes, deben ser cuidadosamente planeados con colaboración turca.
En definitiva, la posible operación no sólo será de gran entidad, sino de una considerable complejidad que no solo requerirá una sólida estructura de mando, sino que incluso con ella pondrá a prueba las capacidades de planeamiento y conducción de operaciones de unas fuerzas europeas que durante demasiado tiempo sólo han prestado atención a desafíos muy inferiores.
Hagamos ahora un resumen de la situación, exponiendo nuestra visión de lo que las acciones actuales representan para el futuro de la defensa europea, y ciertamente la de España.
El futuro de la defensa europea y española
El pasado 11 de mayo, los líderes de Francia, Emmanuel Macron, Reino Unido, Keir Starmer y Alemania, Friedrich Merz se reunieron en Kiev con el presidente ucraniano Volodimir Zelenski, para demostrar su apoyo al país agredido y el respaldo a los esfuerzos de paz iniciados por Washington. En su declaración conjunta instaron al presidente de Rusia Vladímir Putin a aceptar un alto el fuego completo e incondicional de 30 días a partir del 12 de mayo para crear espacio para negociar una paz justa y duradera. Se propuso celebrar conversaciones al más alto nivel en Estambul una vez establecido el alto el fuego. Los líderes amenazaron a Rusia con nuevas y masivas sanciones económicas si no aceptaba esta propuesta.
Aunque las primeras reacciones de Moscú han sido negativas (exige para el alto el fuego que los países occidentales cesen de enviar armamento a Ucrania, y Putin ha dicho que Ucrania aprovecharía el alto el fuego para recomponer sus fuerzas), parece que acepta reunirse, aunque en principio solo a nivel técnico, con la parte ucraniana para definir las modalidades de una negociación. En todo caso, parece claro que será preciso organizar el despliegue de una fuerza multinacional, probablemente solo europea, para garantizar el cumplimiento del alto el fuego mientras se negocia una paz permanente y posiblemente también como parte del eventual acuerdo de paz. Francia y el Reino Unido han propuesto establecer una coalición de países europeos (con algunas posibles contribuciones de países miembros de la OTAN, pero no de la UE, como Reino Unido, Canadá, Noruega o Turquía) que forme una fuerza multinacional para garantizar el cumplimiento del alto el fuego al que se haya llegado y durante el periodo de negociaciones.
Esta coalición, si como esperamos llega a formarse, sería muy probablemente, y en adición al cumplimiento de su misión, el núcleo sobre el que se constituya el nuevo desarrollo de la defensa europea. Para ello, en el ámbito organizativo, será necesario el establecimiento de una sólida estructura de mando en la Unión que opere bajo la autoridad del Comité Militar de la UE, que debe estar a su vez plenamente sometido al Consejo, a quien corresponde la responsabilidad final de la defensa, como una progresión lógica teniendo en cuenta la evolución del panorama de seguridad y las crecientes responsabilidades militares de la Unión. Esta estructura de mando deberá tener en el nivel superior una capacidad de planeamiento basado en hipótesis, no meramente factual como el de las modestas operaciones que hasta ahora la UE ha llevado a cabo, y la de producir Reglas de Enfrentamiento (ROE) comunes a toda la fuerza multinacional que lleve a cabo una operación, sobreponiéndose a la caótica tendencia de las naciones a producir las suyas propias, y sobre todo debe hacer innecesario el recurso a la cesión de medios y capacidades de la OTAN según lo establecido en los acuerdos Berlin Plus. Esto iría en paralelo a una mayor “europeización” de las estructuras de mando de la OTAN.
Creemos que, como pasó con el euro, será importante estar en ese núcleo constitutivo desde el principio, impulsando la europeización de la defensa. España no debe quedar al margen de ese proceso so pena de que perdamos el tren de Europa, ahora en el campo de la defensa. Estamos además obligados a hacer honor a los compromisos que, en la OTAN, en la UE, o mediante acuerdos de fuerzas bi- o multi-laterales, hemos ido adquiriendo con los años. Es preciso, pues, participar en esta coalición por razones éticas y morales, y para formar la parte que nuestra nación merece de la futura Defensa Europea
En el ámbito económico, es preciso que España cumpla cuanto antes los compromisos asumidos en las cumbres de la OTAN de Cardiff y de Madrid, procediendo a incrementar nuestro gasto en defensa hasta el 2% del PIB, llegando al 3% en los próximos años.
El gobierno ha aprobado recientemente el “Plan Industrial y Tecnológico para la Defensa de España y de Europa”, con un gasto adicional previsto de 10.400 M€, según ha anunciado el presidente Pedro Sánchez. Con ello espera cumplir el compromiso de alcanzar el 2% del PIB en gasto militar en el presente año. Aunque no está claro de donde saldrán los fondos para este incremento del gasto ni se conocen todavía los detalles de cómo se distribuirá, se trata de un paso en la dirección correcta, y que nos exigen nuestros socios y aliados. Para ello, España puede beneficiarse de los fondos de cohesión europeos, ya que para el periodo 2021-2027 le corresponden más de 36.000 M€ procedentes de estas políticas. Sin embargo, hasta octubre de 2024, nuestro país solo había solicitado y recibido aproximadamente 963 M€, lo que representa el 2,7% de su asignación total y lo convierte en uno de los países que menos dinero ha recibido en relación con su asignación. Es incomprensible que España deje de utilizar estos fondos que tanto necesitan nuestra economía y nuestra defensa.
Pero este plan no debe quedar en un esfuerzo único a corto plazo, sino que debe estar sostenido en el tiempo porque las inversiones en defensa tienen un largo periodo de maduración. La inversión en defensa es una inversión en la paz, a través de la disuasión, y además tiene un retorno industrial y tecnológico muy importante para nuestra economía. El gobierno cree que este gasto puede facilitar un crecimiento adicional del PIB de entre el 0,4% y el 0,7% y la creación de 100.000 puestos de trabajo.
Es necesario que nuestro gobierno, apoyado por el principal partido de la oposición, otorgue a la defensa la prioridad política y presupuestaria que se necesita en este momento histórico. Es preciso explicar a nuestra sociedad que la paz es mucho más barata que la guerra (”Si vis pacem, para bellum”), que para tenerla es necesaria la disuasión, y que vivimos en un mundo en el que las amenazas han crecido, al tiempo que se deteriora rápidamente el orden internacional sobre el que hemos basado nuestro desarrollo económico y social en las últimas décadas.
Mayo de 2025
Manuel de la Cámara es Embajador de España (R), ex Director General de Seguridad y Desarme y ex Representante Permanente Adjunto de España ante la OTAN.
Fernando del Pozo es Almirante (R) y ex Director del Estado Mayor Internacional de la OTAN.
Ambos son miembros de EURODEFENSE España
