La particular puesta en escena de Trump, con la firma de centenares de órdenes ejecutivas que han pretendido volver del revés toda la herencia recibida, no por menos esperada, ha generado el estupor general.
Por Fernando Maura, director del Foro LVL, publicado en El Imparcial, el 25 de enero de 2025
La llegada de Donald Trump a la Casa Blanca para un segundo mandato está produciendo una seria inquietud en los medios de comunicación que se transmite por los diferentes canales de comunicación a los ciudadanos. Su particular puesta en escena, con la firma de centenares de órdenes ejecutivas que han pretendido volver del revés toda la herencia recibida, no por menos esperada, ha generado el estupor general.
Todavía es muy pronto para obtener conclusiones de lo que pueda ocurrir en esta nueva administración de un presidente que ha hecho del populismo su bandera, que exige fidelidad -que es un escalón más alto que el de la lealtad- a los integrantes de su equipo y que se sienta en el despacho oval con una mezcla de altanería y venganza. Altanería porque ha obtenido una resonante victoria, venganza porque sigue considerando que las últimas elecciones le fueron escamoteadas,
Junto a todo esto, quienes han analizado al personaje y su primer mandato, subrayan que Donald Trump es un pragmático, que no sigue el modelo político al uso, sino el de algunos empresarios que comienzan sus negociaciones desde la altivez y la presión, para reducir sus exigencias hasta alcanzar un nivel razonable para las partes. Aun así, cada una de sus palabras es seguida con atención, se diría que sus indicaciones son tomadas en serio, cuando no obedecidas, y quienes se manifiestan irónicamente en su contra -como acaba de hacer en Davos el presidente del gobierno español- reciben como respuesta la indiferencia cuando no la crítica de los que advierten que las cosas están cambiando y que quienes no se atengan a las nuevas condiciones en juego tienen mucho que perder. Llevarse mal con el principal aliado -a pesar de todo- de las democracias europeas es, en este caso, abonarse al peor de los negocios.
España no es desde luego un país integrante de los BRICS, pero no parece contar con el fervor del nuevo jerarca norteamericano. Y no es buena notica que haya pronunciado la fatídica expresión de que elevará los aranceles -la palabra que según el propio Trump más le gusta en su particular diccionario- en un 100% a estos díscolos países. En el caso de que yo mismo fuera un empresario español que exportara bienes o servicios en una proporción importante de mi negocio a los Estados Unidos, no estaría muy satisfecho ante las palabras del flamante presidente.
En el mismo orden de preocupaciones se sitúa el vínculo trasatlántico que nos une a su país a través de la estructura de seguridad y defensa. A pesar de que, ya desde antiguo -lo había expresado en su día el presidente Obama- se había indicado que los países europeos gastaban poco en defensa, no parece que se hayan hecho los deberes en nuestra Unión Europea. Se arrojan ahora además nuevas cifras al escenario de la OTAN como si con ello pudiéramos comprender mejor la situación de la que partimos y el punto al que deberíamos llegar.
Abandonado ya el objetivo del 2% de gasto como proporción del PIB en materia de Defensa, el también nuevo responsable de la OTAN, Mark Rutte, ha expresado que el objetivo es ahora el 5%. Para un gobierno que carece de mayoría parlamentaria y, por ende, de presupuestos, lo mismo da el 1’8% -que es el porcentaje en el que ahora nos encontramos- que cualquier otro guarismo. Pero, traduciendo esa proporción a dinero contante, resulta que cada punto del PIB español supone la friolera de 15.000 millones de euros. Por lo tanto, dos puntos serían 30.000 y cinco 75.000 millones. Y hay alguna pregunta a formular en este sentido: ¿qué haría este gobierno -cualquier gobierno- al que se le adjudicara semejante tamaño de presupuestos? ¿Lanzarse a gastar sin tino, como podría ocurrirle a cualquier desheredado de la fortuna al que le toca la lotería? ¿Qué prioridades debería seguir?, ¿qué material adquirir y dónde? Como el ejemplo propuesto del pobre de solemnidad, sería mejor que se comprara una casa en el Paseo de la Castellana, un chalet en Marbella, un coche eléctrico o un Ferrari, o que, de manera más sensata, destinara buena parte de sus ganancias a un fondo de inversión.
Y está, desde luego, algo que precede a estas y otras decisiones. Se trata de que el gasto en defensa pretende garantizar nuestra seguridad y nuestras libertades. Y esa percepción de amenaza a lo que constituye nuestro modo de vida la tienen muy clara, por ejemplo, los polacos, que tuvieron que soportar una larga temporada la opresión del Pacto de Varsovia y su modelo soviético -ahí está la reciente declaración de su presidente Tusk en el Parlamento Europeo. Pero no ocurre lo mismo en el caso de España. En la célebre dialéctica entre los cañones y la mantequilla, ¿qué estaríamos dispuestos los españoles a ceder como parte de nuestro bienestar por garantizarnos una seguridad que no consideramos amenazada?: ¿recortes en nuestras pensiones?, ¿una sanidad menos dotada?, ¿una aún peor educación según los estándares al uso?, ¿peores infraestructuras?
El debate es de una solución difícil en la Europa en la que nos encontramos. Una Europa en la que el caballo de Troya del populismo ya se ha introducido en todas nuestras ciudadelas. Y ya no sólo se trata de un peligro más o menos inminente que se nos anuncia, es que ya ha adquirido mayorías de gobierno en muchos países del viejo continente, y amenaza hacerlo en breve en los más importantes, como es el caso de Francia.
Las respuestas al desafío de la defensa no se podrían formular a escala simplemente nacional, porque resultarían inútiles. No es un país el que se encuentra amenazado por los tanques o los ciberataques rusos, lo somos todos. Por eso habría que seguir la fórmula de las cuatro condiciones que nos exige la defensa europea: gastar más, gastar mejor, gastar juntos y gastar en productos europeos (esta última condición no hará seguramente muy feliz al señor Trump).
Superados los inconvenientes que se han señalado en la percepción de la opinión pública -y que es mucho superar-, sería preciso establecer una senda de gasto en defensa que nos permita avanzar adecuadamente en el terreno de una seguridad europea susceptible de resolver adecuadamente los nuestros problemas, manteniendo vigentes -no sería posible lo contrario, aún nos encontramos en mantillas en este ámbito- nuestros vínculos en la OTAN. La Comisión Europea ha nombrado entre sus comisarios a uno que ostenta una cartera que lleva ese nombre. No tiene poca tarea por delante.
