Dos guerras en la vecindad europea (Ucrania y Gaza), la relación con China, las amenazas del sur y la guerra híbrida son los principales desafíos de la Alianza Atlántica en su 75º aniversario
Por MIRA MILOSEVICH, publicado en El Mundo, el 8 de julio de 2024
La cumbre de la OTAN que arranca mañana en Washington conmemora el 75º aniversario de la Alianza Atlántica, pero también ofrece una oportunidad para evaluar la adaptación de esta a un nuevo entorno internacional marcado por el retorno de la rivalidad geopolítica entre las grandes potencias. Hay motivos para la celebración -su longevidad y el éxito conseguido al garantizar la defensa colectiva-, pero también otros para la preocupación: dos guerras en la vecindad europea (Ucrania y Gaza), la relación con el «competidor sistemático» (China), las amenazas de la vecindad sur y la guerra híbrida, entre otros.
Este 75º aniversario hace de la OTAN la más duradera alianza militar de la historia. Es un fenómeno extraordinario en el sistema de los Estados, pues las alianzas suelen caducar cuando triunfan. Un ejemplo: la establecida entre la Unión Soviética, Gran Bretaña y EEUU contra Hitler, que se volatilizó tras la Segunda Guerra Mundial, cuando desapareció el enemigo que la había propiciado y exigido.
Hace 75 años, 12 naciones firmaron el Tratado del Atlántico Norte. El número de países miembros ha aumentado desde entonces a 32. Los factores que han hecho posible la duración de la alianza son de diverso orden. El que prevalece frente a todos es que es útil. Su creación se debió al objetivo de contener a la URSS, pero también supuso la pacificación de los Estados europeos. Al formar parte de la misma liga militar, estos dejaron de guerrear entre sí. Otro de los secretos de su éxito es que se trata de una comunidad de países que comparten valores políticos y democráticos (Turquía y Hungría ponen en duda este leitmotiv), así como su condición de made in USA, que le granjea el aval y la protección de la todavía máxima superpotencia.
«No podemos seguir pagando la protección militar de Europa mientras los Estados de la OTAN no paguen su justa proporción», afirmó John F. Kennedy ante el Consejo de Seguridad Nacional de EEUU en 1963. Desde entonces, se han sucedido similares apremios a Europa por parte de las administraciones republicana y demócrata para que asuma la responsabilidad de su propia defensa, pero con frecuencia han sido ignorados, especialmente, desde el final de la Guerra Fría. «No me gustan los aprovechados», dijo Barack Obama en 2016. En febrero de 2024, Donald Trump afirmó que Rusia podría «hacer lo que le diera la gana» con los miembros de la OTAN que no cumplan los objetivos de gasto.
A pesar de que todos los países miembros se comprometieron en la cumbre de Gales, en 2014, a aumentar su gasto militar hasta el 2% del PIB nacional, no todos han respetado el compromiso. Entre ellos, España. En 2023 invirtió alrededor de 1,30% del PIB en gasto militar (eso sí, un 9,4% más que en el año anterior). El debate sobre si hay que invertir en cañones o en mantequilla ha perdido sentido tras la invasión rusa de Ucrania, y se calcula que 20 de los 32 países miembros cumplirán el objetivo en 2024. Como dijo el doctor Samuel Johnson, poeta y autor del primer diccionario serio de la lengua inglesa, «cuando un hombre sabe que va a ser ahorcado en 15 días, concentra su mente maravillosamente». Teniendo en cuenta el paisaje geopolítico actual, el 2% puede mutar desde ser el objetivo a convertirse en punto de partida. La regla básica es que una disuasión creíble resulta mucho más barata que la guerra.
La tarea principal de la cumbre de Washington será evaluar cómo se está adaptando la Alianza a los nuevos desafíos y amenazas para la seguridad, con el fin de seguir garantizando la defensa colectiva. Existe una asimetría evidente entre la escala y el carácter de las amenazas a la seguridad de la OTAN en el este y en el sur. La amenaza del frente oriental está determinada por Rusia y es convencional e híbrida. La vecindad sur ( Oriente Medio, Norte de África, Sahel) no ha dejado atrás su vulnerabilidad estructural. Por ello, los objetivos de la OTAN en el sur no han cambiado sustancialmente en términos de promover un equilibrio estable en la vecindad, considerada una clave fundamental de la seguridad euroatlántica. Lo que ha cambiado es el contexto estratégico y la naturaleza de las amenazas y desafíos que emanan del sur. Una hipotética victoria de Hamas en la guerra de Gaza sería el punto de partida para una reconfiguración del orden regional, puesto que la organización terrorista es un proxy de Irán. Una hipotética guerra en el Norte de África entre Argelia y Marruecos (no probable, pero tampoco imposible, dado el incremento de las tensiones entre los dos países y su carrera armamentística), o la conversión del Sahel en un gran Estado fallido/Estado Islámico, aumentarían el impacto de los factores de inestabilidad (terrorismo, crimen organizado, proliferación de armamento ligero, flujos migratorios irregulares) y los riesgos para la OTAN en su vecindad sur. Estamos en una situación muy similar a la inmediatamente anterior a la Gran Guerra, cuando ninguna de las grandes potencias tenía mucho margen de maniobra política y cualquier perturbación del equilibrio del poder regional podía llevar a efectos catastróficos.
La cumbre abordará muchas cuestiones, desde el cambio climático y la Inteligencia Artificial hasta la guerra propiamente dicha. Pero lo cierto es que en la habitación de la cumbre no hay uno, sino dos elefantes. El primero es Ucrania. Gracias a la guerra en su territorio, la OTAN ha despertado de su «muerte cerebral»: nada como un ahorcamiento inminente para concentrar la mente. La guerra en Ucrania no es solo asunto de los ucranianos. Está en juego mucho más, porque el Kremlin quiere una zona de influencia certificada, lo que destruiría el orden de seguridad europeo. La OTAN no va a hacer una invitación formal a Ucrania para que se convierta en país miembro, por muchas y muy obvias razones. Sobre todo, porque la Alianza Atlántica no es la Unión Europea. No se trata solo de cumplir unos criterios y negociar cerrando capítulos de adhesión. En el caso de la OTAN debe haber un consenso político que por ahora no existe. Lógicamente, la futura apertura a Ucrania estará condicionada por la necesidad de diseñar, junto a Rusia, una frontera oriental estable, lo que ahora es impensable.
Europa es escenario de la rivalidad entre las grandes potencias y representa un codiciado premio estratégico. Para las potencias revisionistas (Rusia, China, Irán, Corea del Norte), la guerra en Ucrania constituye la primera línea de defensa de EEUU y la primera línea del Gran Juego 2.0. El Gran Juego del siglo XIX enfrentó a Gran Bretaña contra Rusia. Más allá del campo de batalla inmediato de Afganistán, la cuestión era quién dominaría Asia central y meridional, desde el mar Caspio hasta el Himalaya y la ruta hacia la India. Fue una cuestión geopolítica clásica. El Gran Juego 2.0 del siglo XXI incluye a muchos más jugadores y se desarrolla en más territorios. Es un juego de rivalidad entre las democracias liberales que buscan proteger el orden liberal internacional, y las potencias revisionistas que pretenden cambiarlo o destruirlo. La autonomía estratégica europea es necesaria. Pero, por ahora, Europa solo puede aspirar a una «armonía estratégica» entre la UE y la OTAN. Los próximos dos o tres años serán decisivos para una Europa que únicamente puede esperar a sobrevivir a las guerras en su vecindad mediante una combinación de integración pragmática, generosa financiación conjunta de la defensa y otros costos añadidos, y un liderazgo razonable y desinteresado por parte de una masa crítica formada por los Estados más poderosos de la Unión.
Si Trump fuera de nuevo presidente de EEUU, podría cuestionar el compromiso de su país con la OTAN. Pero, independientemente de quién sea el próximo inquilino de la Casa Blanca, la prioridad estratégica de Washington está en el Indo-Pacífico, donde rivaliza con China. Este es el segundo elefante en la habitación. El futuro de la OTAN, así como el de la relación transatlántica (que se complica cada vez más por la creciente rivalidad económica entre los aliados), dependerá de la capacidad de los europeos para asumir los intereses estratégicos de EEUU. Esto implica aceptar la responsabilidad de su propia defensa y ser socio de EEUU en el Gran Juego 2.0. O sea, adoptar como propios los objetivos estadounidenses en su rivalidad con China. Washington sólo está interesado en una OTAN que mantenga su liderazgo mundial ante la emergencia de China o la expansión de Rusia. La OTAN será global o no será.
Mira Milosevich es investigadora principal de Real Instituto Elcano
