Artículo de JOSÉ ENRIQUE DE AYALA, publicado en La Voz de Galicia el 30 de octubre de 2022
Las fuerzas ucranianas se preparan para recuperar Jersón, la única capital de provincia que Rusia ha conquistado desde que lanzó su invasión a Ucrania el 24 de febrero. Es posible que el ejército ruso la defienda, el combate urbano favorece mucho al defensor, y no hay que olvidar que todavía quedan allí más de 100.000 civiles ucranianos, a pesar de la evacuación. Si los rusos pierden Jersón, o si optan por retirarse de la ciudad, se harían fuertes en la margen izquierda del río Dniéper, que es un formidable obstáculo natural —tiene 1.000 metros de anchura en esa zona—. La ciudad no tiene un gran valor estratégico. Lo tiene el resto de la provincia, que garantiza la comunicación terrestre y el suministro de agua a Crimea. En todo caso, la pérdida de Jersón sería un golpe psicológico muy importante para Moscú y un éxito espectacular para Kiev, que se sumaría a los conseguidos desde el principio de septiembre, tanto en el norte como en el sur del amplio frente del conflicto, que han dado la vuelta a la situación sobre el terreno. Estas exitosas contraofensivas han hecho creer a muchos observadores internacionales, y a la mayoría de los ucranianos, que la derrota rusa y su expulsión de todos los territorios que ha ocupado desde 2014 es no solo posible, sino que está muy próxima, hasta el punto de que el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, ha dicho públicamente que ya no quiere la paz, sino la victoria
No obstante, la paz sigue siendo ahora igual de necesaria —probablemente más— que hace cuatro, o seis meses. Primero, porque el éxito ucraniano es todavía limitado. La recuperación de todo el territorio ocupado por Rusia les llevaría meses o años, y eso si dispusieran de aviones y tanques suficientes, o —más probablemente— conduciría a un estancamiento de la situación. Se acerca el otoño, y con él, la raspútitsa, el barro que impide el movimiento de vehículos, incluso de personas, y paraliza las operaciones. Si no hay paz, faltan aún miles de muertos, millones sin luz o calefacción, mucha destrucción, mucho dolor, antes de que alguna de las partes consiga sus objetivos, y es posible que al final ninguna de las dos los consiga.
Y —sobre todo— porque no se puede descartar una escalada de final imprevisible. Las amenazas de los altos responsables rusos de utilizar armas nucleares se consideran, por ahora, bravuconadas cuyo objetivo sería intimidar a Ucrania y a los países que la apoyan. Puede que efectivamente sea así en estos momentos, parece que los servicios de inteligencia occidentales no detectan preparativos de una acción de este tipo en la zona de operaciones, a pesar del reciente ensayo de ataque nuclear masivo que han realizado el día 26 un submarino y dos bombarderos de las fuerzas de disuasión estratégicas rusas. Pero no se puede excluir que Moscú pudiera recurrir a esta vía como último recurso, si el actual régimen se viera acorralado y obligado a reconocer una derrota que ocasionaría un terremoto político en Rusia, hasta el punto de que podría dar lugar a un golpe de Estado o a la separación de otras repúblicas de la Federación. Los actuales dirigentes rusos, encabezados por el presidente, Vladimir Putin, no pueden aceptar sin más una derrota, que incluyera —por ejemplo— la pérdida de Crimea. Está en juego su propia supervivencia.
Rusia ha acusado a Ucrania de estar preparando una bomba sucia, es decir, un explosivo convencional que diseminaría sustancias radiactivas. La fabricación de esta arma no es complicada, está al alcance de casi todos los países, y no sería una locura que Kiev tuviera planes o proyectos de este tipo para responder a un hipotético ataque nuclear ruso. No obstante, ha sido reiteradamente desmentido, y tampoco se puede excluir que sea solo un invento ruso para intentar justificar ex ante su escalada nuclear. EE.UU., por su parte, ha amenazado con destruir todas las fuerzas convencionales rusas, incluida la flota del mar Negro, si Rusia hace uso de un arma nuclear, aunque sea de carácter táctico. Lógicamente, el Kremlin no asistiría pasivamente a esa destrucción, se vería obligado a usar las armas nucleares estratégicas, EE.UU. tendría que responder con las mismas armas, y eso nos abocaría al Armagedón —la destrucción de la mayor parte del planeta y de sus habitantes— que evocó recientemente el presidente Joe Biden.
Sí, parece una película distópica, pero puede pasar. No es probable, pero tampoco imposible. Nadie pensaba en julio de 1914 que el ultimátum austríaco a Serbia se convertiría en la Primera Guerra Mundial, duraría cuatro años y causaría 10 millones de muertos. Y ahora hablamos de armas como la bomba rusa Tsar, cuya potencia de 50 megatones equivale a 3.125 veces la que EE.UU. lanzó sobre Hiroshima en junio de 1944. No sería sensato jugar a las probabilidades en este escenario, no podemos arriesgar tanto. Hay que parar la guerra.
Que no es fácil, no hace falta ni decirlo. Los medios occidentales repiten que Putin no quiere la paz. Pero lo que no quiere es la derrota, su «operación militar especial» se encamina a un fracaso estrepitoso que el tiempo no hará sino agudizar porque cada vez le será más difícil reponer sus bajas y —sobre todo— su armamento y material, mientras que el que obtiene Ucrania, sobre todo el que recibe de EE.UU., es prácticamente inagotable. Ante la tesitura de tener que recurrir a una escalada, que implicaría también su propia destrucción, el régimen ruso podría estar ya maduro para aceptar una solución negociada que le permitiera al menos salvar su imagen, como podría ser la neutralidad de Ucrania, la conservación —sin reconocimiento internacional— de Crimea, y la neutralización del resto del territorio ucraniano que aun ocupa, bajo supervisión de Naciones Unidas hasta que en un tiempo razonable —una vez que regresen todos sus habitantes y establecida la paz— se pudiera hacer un referendo con garantías internacionales. Su estímulo sería la decaída progresiva de las sanciones vinculada al progreso de la negociación.
En cuanto a Kiev, no quiere ni oír hablar de ningún acuerdo que no contemple la recuperación de todo su territorio, y menos ahora que las cosas le van bien sobre el terreno. Pero hará lo que le indiquen los países que le apoyan, en particular lo que digan Washington y Londres, porque depende de ese apoyo. En la solución que apuntábamos antes, en realidad no perdería oficialmente ningún territorio. Incluso Crimea quedaría en una situación provisional a la espera de que hubiera otro régimen en Moscú. Y tendría su compensación en la reconstrucción y la integración en la Unión Europea.
Mientras ambos contendientes piensen que pueden ganar, no habrá paz. Hay que estimular el acuerdo, en lugar de alimentar la confrontación. La Alianza Atlántica debe hacer una propuesta formal de negociación a Moscú, tal vez aprovechando la ralentización de las operaciones en invierno, y presionarlo también a través de terceros países —China, India, Brasil— que están por el final de la guerra. Al principio de una negociación las posturas están siempre muy alejadas, pero si hay voluntad tal vez se pueda encontrar una solución que sea aceptable para todos, sobre todo para los ucranianos que son los agredidos. Hasta una mala solución es preferible a la destrucción y la muerte. Tal vez no resulte, es difícil ser optimista. Pero, por Dios, hay que intentarlo, nos jugamos demasiado en ello.
