Fernando del Pozo
Almirante (Ret)
De la Academia de las Ciencias y las Artes Militares
RESUMEN:
La situación en Ucrania se encamina rápidamente hacia una encrucijada muy peligrosa: la congelación del conflicto, cada vez más improbable conforme las amas ucranianas avanzan en la reconquista de los territorios invadidos; la cada vez más probable derrota rusa medida frente a sus objetivos declarados; o el uso por la última de armamento nuclear para evitar un desastre estratégico. Se analiza aquí qué formas podría tomar la escalada nuclear rusa y la respuesta probable de Ucrania y de las naciones aliadas.
PALABRAS CLAVE:
Ucrania, invasión, nuclear, anexión, guerra
ABSTRACT:
The situation in Ukraine is rapidly heading towards a very dangerous crossroads: the freezing of the conflict, increasingly unlikely as the Ukrainian military move forward in reconquering the invaded territories; the increasingly likely Russian defeat measured against its declared objectives; or the latter’s use of nuclear weapons to avert the impending strategic disaster. Here we analyze what forms the hypothetical nuclear escalation could take, and the likely response of Ukraine and the Allied nations.
KEYWORDS:
Ukraine, invasion, nuclear, annexation, war
Certidumbres e incertidumbres en Ucrania
El legítimo objeto de la guerra es una paz más perfecta. Marco Tulio Cicerón
War never leaves where it found a nation. Edmund Burke
La injustificada e inaudita agresión rusa a Ucrania que comenzó el 24 de febrero pasado creó un número de indeseables incertidumbres en la asendereada comunidad internacional. Algunas de esas incertidumbres se han ido resolviendo, mientras que desafortunadamente otras nuevas han aparecido. Aunque unas y otras responden a diferentes formulaciones parciales de la gran pregunta, que es cómo y cuándo acabará esto, llámese guerra u “operación militar especial” como ridículamente insiste en denominarla el Presidente Putin, conviene analizarlas cuidadosa y separadamente para mejor preparar la política internacional post-conflicto.
Planeando sobre todas esas incertidumbres está una incógnita, teórica pero relevante, que es que esta guerra no parece encajar en la famosa afirmación de Tucídides, según el cual las naciones van a la guerra sólo por tres razones: honor, miedo o codicia (timé, phobos, ophelia). Es difícil atribuir los motivos de Putin a ninguno de estos apartados, aunque la música de fondo de muchas de sus manifestaciones es que se trata de una guerra preventiva (evidentemente, nadie estaba atacando a Rusia), olvidando lo que dijo Otto von Bismark: “Una guerra preventiva es cometer suicidio por miedo a morir”, lo que apuntaría al miedo (phobos) como causa mediata. Sin embargo su actitud, sobre todo la inicial, no parece encajar en ese estado de ánimo, más bien al contrario, la bravuconería parecía y aún parece ser el denominador común de sus declaraciones. Parece por tanto que su guía al decidir la invasión fue en cambio Friedrich Nietzsche en “Así habló Zaratustra”: “Me dices que una buena causa justifica una guerra. Yo te digo sin embargo que una buena guerra justifica una causa”.
La primera cuestión que surgió, bastante obvia, es quién ganaría esa guerra. Aunque no podemos contestarlo de manera taxativa, sí podemos afirmar que Rusia la ha perdido. Para hacer esta afirmación, que es independiente de la situación sobre el terreno en un momento dado, no tenemos más que comparar los objetivos declarados por el agresor con los resultados obtenidos, la mayor parte de los cuales son irreversibles. Así, antes de lanzar el ataque, al hacerlo, y en diversas proclamaciones posteriores, Putin declaró que sus propósitos eran:
- Detener el avance de la OTAN hacia sus fronteras o zonas periféricas de seguridad. Como resultado de la invasión, una OTAN más unida que nunca está en proceso inminente de adquirir dos nuevos miembros, uno fronterizo con Rusia y otro próximo, además de que la propia Ucrania – que había ofrecido su renuncia a ello – ha presentado su solicitud de ingreso; y fuerzas de la OTAN están activamente incrementando su presencia preventiva en los aliados vecinos o próximos a la Federación Rusa.
- Desnazificar y desmilitarizar Ucrania. Dejando aparte la incongruencia de que un dirigente cuyas ideas políticas tienen notorias concomitancias con la ideología nazi profiera deseos de “desnazificar” al prójimo, la desmilitarización de Ucrania ha ido precisamente en sentido contrario: nunca hasta ahora desde 1996 (fecha del Protocolo de Budapest, por el que Ucrania cedió el armamento nuclear que tenía procedente de la URSS a Rusia a cambio de garantías – ahora vemos que ilusorias – de su integridad territorial) había Ucrania tenido tanto armamento, ni unas fuerzas militares tan eficientes, todo ello obviamente desencadenado por la propia invasión.
- Detener el “genocidio” que Ucrania estaba llevando a cabo contra las poblaciones rusófonas del Donbas. Como resultado, las simpatías de esas poblaciones por Rusia han descendido de un 80% antes de la invasión a un raquítico 10-20% actual (difícil de calcular por razones obvias) según estimaciones de agencias de prospección sociológica. La invasión misma, pero sobre todo la devastación, muerte y crueldad infligidas han tenido mucho que ver con ello[1]. Además, lo inoportuno de la intervención queda puesto de manifiesto por el hecho de que la política lingüística del anterior Presidente Poroshenko, un tanto asertiva en cuanto a la defensa de la lengua ucraniana y postergación del ruso, había sido revertida por el actual Presidente Zelenski.
- Hacer desaparecer la identidad de Ucrania, presuntamente convirtiéndola en un mero territorio constitutivo de la Federación Rusa. Una de las consecuencias de sus acciones es que hoy Ucrania ha adquirido en la política internacional una acusada personalidad propia, tal vez antes impensable: en la mente del ciudadano de cualquier parte del mundo, antes de la invasión Ucrania se asociaba, seguramente por influencia de la memoria de la desaparecida URSS, estrechamente a Rusia, como perteneciente a un mismo espacio cultural, o incluso político. Hoy nadie cometería ese error de juicio, su personalidad internacional en lo cultural y en lo político está asegurada de manera clara.
Pudiera argumentarse, a la luz de la declaración de Putin del 30 de septiembre pasado, que la conquista de territorio (la ophelia de Tucídides) sí está entre los objetivos de la guerra, bien por sí misma o como medio para alcanzar el pretendido resultado de detener el “genocidio” en el Donbas, y ha sido – al menos parcialmente – obtenida.
Es preciso sin embargo recordar que en una reunión televisada dos días antes de la invasión, Putin llamó públicamente la atención de manera humillante a Sergey Naryshkin, jefe del SVR (Servicio de Inteligencia Exterior) por afirmar, bien que de manera balbuceante, que los oblasti Donetsk y Luhansk, constituyentes de la región del Donbas, deberían ser incorporados a la Federación Rusa. La despectiva corrección de Putin, seguida poco después de una declaración formal, no dejaba lugar a dudas de que en aquel momento su objetivo era la independencia de ambas, por cierto por separado. Parece que, en un rasgo de formalismo incongruente con la violencia empleada, el Presidente ruso requería que esas provincias fueran primero independientes antes de incorporarlas a la Federación Rusa, lo que fue confirmado siete meses después, el 30 de septiembre pasado, al firmar la independencia de dos nuevos candidatos, Zaporiyia y Jerson, tan solo horas antes de la declaración formal de incorporación simultánea de los cuatro oblasti, todo ello en apresurada mezcla con los infames referendos llevados a cabo bajo la amenaza de las armas (literalmente). De este modo la nueva situación vino a coincidir con la que propugnaba su humillado subordinado Naryshkin, a quien sin duda traicionó el subconsciente haciéndole revelar el verdadero objetivo final.
A la luz de la creencia rusa en el decimonónico y ya obsoleto concepto de “esferas de influencia” no parecería haber gran diferencia en el terreno práctico entre reconocer la independencia de unos territorios vecinos, o incorporarlos directamente. Pero la diferencia formal en términos de derecho internacional es enorme, y la maniobra legal de proclamarlas primero repúblicas para después incorporarlas como oblasti o regiones demuestra que Putin es consciente de ello, aunque el objetivo final parece que siempre fue la incorporación.
Pero el paso intermedio de reconocimiento de la independencia, sea lo que sea lo que Putin piensa que significa “independencia” en su vecindad, era un camino rápido para permitir la proclamación de victoria en el objetivo de acabar con el “genocidio” de los ucranianos rusófonos, lo que además podía teóricamente contar con el reconocimiento en la ONU de los incondicionales (Bielorrusia, Cuba, Corea del Norte, Nicaragua, Venezuela…) como así fue. La posterior incorporación parece en cambio apuntar, según muchos estudiosos, a la consecución de un blindaje legal frente a los éxitos ucranianos en el campo de batalla: ahora es territorio ruso, y en su defensa se pueden usar todas las herramientas de la panoplia militar[2], incluida la movilización general y el armamento nuclear. Desafortunadamente para Putin, su apresurada declaración ha dejado imprecisos los límites de esos territorios (¿las líneas de demarcación administrativa vigentes en Ucrania? ¿los límites de la zona precariamente dominada por las fuerzas rusas? ¿las zonas defendibles por obstáculos naturales, como ríos?), algunos de los cuales han cambiado para más inri incluso durante la ceremonia de proclamación, y es imposible saber en este momento qué es lo que está teóricamente bajo protección rusa como territorio nacional.
Obsérvese no obstante que esta actitud es una implícita confesión de que se ha pasado de la ofensiva a la defensiva. En ese camino además ha perdido el apoyo de los mencionados incondicionales, que son ahora todos ellos remisos en reconocer la anexión, en paladina demostración de que, incluso en la dialéctica revolucionaria que parece perdonar todo si está hecho por los afines, una cosa es “liberar” a los pueblos, y otra muy distinta apropiárselos.
No parece por tanto dudosa o exagerada la afirmación de que, midiendo los objetivos frente a los logros, Rusia haya perdido la guerra. No sólo ninguno de esos objetivos se ha cumplido, sino que las consecuencias de sus reprobables acciones los han alejado aún más de sus delirantes formulaciones. Más aún, varios de esos resultados son claramente irreversibles.
Pero la derrota de Rusia no quiere decir necesariamente que la victoria de Ucrania está asegurada. Rusia ha perdido, pero Ucrania aún no ha ganado (aunque en coincidencia temporal con la declaración de adhesión de los cuatro oblasti se está desempeñando admirablemente en el terreno). Una victoria de Rusia es absolutamente descartable, pero el resultado bien podría ser igual o parecidamente desfavorable para el otro contendiente, por ejemplo si el resultado es un conflicto congelado, de los que abundan ejemplos, como – de actualidad estos días, y no por casualidad – el que enfrenta a Armenia con Azerbaiyán, protegidos respectivamente de Rusia y de Turquía, a propósito del Nagorno-Karabaj, una guerra que dura de manera intermitente desde hace 34 años.
Sin embargo, como apuntábamos al principio, la desaparición de algunas incertidumbres ha abierto el paso a otras nuevas de igual o superior gravedad. Dejando aparte la muy importante cuestión de qué aspecto tendrá la situación geopolítica cuando este conflicto está resuelto, la que más captura la atención tanto de dirigentes políticos como del público llano es si Rusia, en vista de sus descalabros en el campo de batalla, recurrirá a las armas de destrucción masiva, particularmente la nuclear, con objeto de cambiar el adverso curso de la guerra. Veamos las circunstancias y factores.
Es sabido que, aunque la palabra “nuclear” no ha sido apenas pronunciada, el Presidente Putin ha salpimentado sus numerosas declaraciones, discursos y otras referencias públicas de metáforas, eufemismos o meras elipsis para referirse al armamento nuclear propio (“todos los medios disponibles”, “inimaginables consecuencias”…) con una notable excepción, directa y clarificadora: el 27 de febrero, poco después por tanto de la invasión, ordenó al Ministro de Defensa Shoigu y al Jefe de Estado Mayor de la Defensa Gerasimov, con la televisión retransmitiendo, poner el armamento nuclear estratégico en “régimen especial de alistamiento para el combate”. Aparece aquí sin embargo de nuevo el factor eufemístico en lo que a primera vista parece una manifestación clara, pues tal “régimen de alistamiento” no parece existir en la reglamentación rusa del arma nuclear; en todo caso, ningún movimiento de esas fuerzas pudo ser posteriormente observado, ni en las fuerzas nucleares estratégicas ni en las de teatro. En el más amenazante de todos sus discursos, el que acompañó a la declaración de movilización parcial, sí usó la palabra “nuclear”, pero aplicándosela a ciertas declaraciones no especificadas de políticos o diplomáticos occidentales, que, siempre según Putin, amenazaron con ello a Rusia; y en el desquiciado discurso que pronunció declarando la anexión de los cuatro oblasti, citó los bombardeos norteamericanos de Hiroshima y Nagasaki como un “precedente”. En definitiva, parece que en el lenguaje de Putin el uso propio de lo nuclear está sometido a un cierto tabú, que aparentemente se aplica en menor medida al uso ajeno.
Este tabú, ciertamente justificado, es lo que de momento está protegiendo al mundo de una catástrofe, porque otras convenciones y convicciones de orden moral y ético, especialmente las que protegen la vida humana cuando quitarla no sirve a ningún fin, no parecen hacer ninguna mella en las decisiones del sátrapa de Moscú. Como muestra basta un botón: tan pronto aparecieron las imágenes que demostraban la carnicería sin sentido desencadenada en Bucha los primeros días de la guerra, e identificada por Ucrania la unidad militar que lo perpetró, la Brigada de Infantería Motorizada núm. 64, ésta fue promovida por Putin al título honorario de “Guardia”, en aparente demostración de que esas barbaridades son lo que se esperaba de la unidad[3].
Sea como sea, creamos o no las afirmaciones de que “esto no va de farol” hechas tanto por Putin como por alguno de sus adláteres (frase que, irónicamente, evoca lo contrario de lo que afirma) es evidente que el armamento nuclear existe, que puede ser usado, y que conforme se acumulan los reveses sobre el terreno la tentación de usar unos medios que parecen decisivos irá creciendo.
No parece creíble que la primera noticia de la escalada sea el lanzamiento de un misil balístico intercontinental desde un silo (ICBM) o desde un submarino (SLBM), que se encuentran en el escalón más alto de la escalada nuclear, calificado este nivel con justicia desde la guerra fría con el apelativo “MAD”, o mutually assured destruction (Brennan). La tentación de recurrir a la bomba nuclear puede sin embargo demostrarse irresistible para enderezar una situación adversa en el campo de batalla, usando para ello lo que impropiamente se llaman “misiles tácticos” (deberían llamarse “misiles de teatro de operaciones”). Digo impropiamente porque aunque sean de alcance limitado y sólo de un kilotón, las consecuencias de su uso son claramente estratégicas[4], pues harían cambiar la naturaleza de la guerra, tal vez sin que consiguiera cambiar fundamentalmente la situación en el teatro de operaciones.
Estos misiles de teatro se podrían usar de varias maneras que proporcionarían diferentes resultados:
- Haciéndolo explosionar sobre el Mar Negro o en algún lugar inocuo, como demostración de resolución.
- Atacando una concentración de fuerzas militares ucranianas (aunque las oportunidades para ello parecen escasas, pues las fuerzas están razonablemente dispersas). Pero el atractivo de un centro logístico donde se recibe el armamento norteamericano, británico y en menor medida de otros países podría demostrarse irresistible.
- Usando como blanco una ciudad provincial de tamaño medio, provocando así una inmensa carnicería, cuya contemplación fuera insoportable para ucranianos y para el resto del mundo, lo que desde la óptica rusa forzaría a Ucrania a sentarse en la mesa de negociaciones dispuesta a grandes concesiones. Rusia en todo caso, como en la opción anterior, evitaría hacerlo en excesiva proximidad con sus propias fuerzas o territorio. El material radioactivo transportado por el viento, sin embargo, no sabe de proximidades ni identidades.
- Bombardeando Kiev, especialmente sus centros de poder, y completando así el fallido descabezamiento del Estado que intentó al principio de la invasión.
No es creíble, después de todo lo sucedido, que la reacción ucraniana, bajo su actual mando u otro, fuera de rendición, ni siquiera la de acceder a negociaciones. Cabe suponer que redoblarían los esfuerzos para expulsar al invasor con toda la potencia de combate que conservara, que sería aún considerable en cualquiera de los casos, o con guerra de guerrillas si es preciso. Las ganancias en ese sentido para Rusia serían de poca entidad.
Pero las naciones occidentales, especialmente las nucleares, la OTAN y la Unión Europea tendrían algo que decir en tal tesitura; es impensable que la reacción se limitara a emitir comentarios de condena u otras banalidades. Estados Unidos en especial, como el otro gran propietario de armamento nuclear[5], se vería obligado a reaccionar con algo más que palabras ante un chantaje que, de ser tolerado, pondría en tela de juicio la utilidad disuasoria de todo su armamento nuclear.
Su reacción a cualquiera de las acciones anteriores podría ser el uso de un ataque de similar entidad sobre fuerzas rusas, un centro logístico o un nudo de comunicaciones, o bien, y más probablemente, un ataque convencional pero devastador a las fuerzas y bases rusas, nada difícil de llevar a cabo pues la fuerza aérea rusa, principal medida defensiva ante tal eventualidad, se ha demostrado inoperante.
EEUU se ha mostrado ambiguo sobre qué medida tomaría, correctamente habría que decir[6], pero es de suponer que, en aras de una contención de la escalada, optaría por el segundo de los cursos de acción. En todo caso, y teniendo en cuenta el potencial respaldo nuclear a un ataque convencional, el beneficio obtenido por Rusia sería mínimo, y el perjuicio inmenso. Pero si lo decidiera Putin, apoyado por unos fanáticos que hablan de arrasar el Reino Unido, al parecer ignorando el daño que a Rusia produciría la segura respuesta, a partir de ahí el camino es impredecible, aunque comportando una inmensa devastación que sin duda trascendería el territorio ucraniano.
Todo esto no excluye que Rusia pueda llevar a cabo ciertos movimientos que hagan más creíble su amenaza, hasta ahora como se ha dicho más bien elíptica. Unas declaraciones más precisas y claras serían un primer paso, pero el más alarmante sería el movimiento de armamento nuclear, que hasta ahora ha estado en sus almacenes con las cabezas convenientemente separadas de los misiles. Un movimiento de cabezas nucleares con sus misiles portantes hacia Ucrania sería la primera y alarmante concreción de la amenaza. Ante ello no cabe sino la coordinada emisión de serias advertencias (que por otro lado es sabido que de manera discreta se están ya enviando desde Washington a Moscú).
Otra variable independiente del problema es que un armamento que ha estado décadas almacenado con escaso mantenimiento, incluso con cierto abandono en los primeros años tras la desaparición de la URSS, pudiera no funcionar. Ello, aunque ha sido comentado en sitios especializados, no ha de resultar en alivio a los presuntos atacados pues es imposible calcular las probabilidades de fallo; ni puede resultar disuasor para el ruso, que tiene una injustificada pero profunda fe en la calidad de su tecnología de defensa.
Finalmente cabe discutir las probabilidades de que una decisión como esa pudiera llegar a fruición. Dado que el sistema político ruso es una autocracia, ello significa que la escalada nuclear está en unas solas manos, las de Putin. Esto es muy grave, porque las decisiones de una sola persona, sujetas a factores anímicos y no sólo objetivos, son mucho más mercuriales e impredecibles que las tomadas de manera colegiada, donde siempre habría algunas voces más propensas al realismo y la prudencia. Podemos recordar cómo el Presidente Nixon de los EEUU, en momentos difíciles de la Guerra Fría hizo circular la especie de que estaba loco e incontrolable, con lo que el Gobierno soviético tuvo que tomarse una dosis extra de prudencia por temor a lo que el madman podría hacer. La Unión Soviética, como hoy China, tenía una estructura de mando colegiada, lo que sin duda influyó en la estabilidad que reinó durante la Guerra Fría.
No es creíble sin embargo que la locura, producto de la impotencia, que parece haberse apoderado de Putin a juzgar por sus últimos discursos, haya alcanzado a la totalidad de los que están en la cadena de mando que conduce desde el Presidente hasta el lanzador. Aunque la decisión sea unipersonal, cabe esperar que la sensatez de alguno de los que la constituyen interrumpa la cadena[7], evidentemente con resultados para el edificio gubernamental. En tal caso cabe augurar una deposición de Putin, cuyo nivel de aceptación popular por cierto ha caído en picado estas últimas semanas, bien es cierto que en parte por las razones equivocadas, o sea por la falta de éxito en su “operación militar especial”. Pero no todas las razones son esas: ya se habla abiertamente de “guerra” sin por ello ir a la cárcel automáticamente, y la oposición a ella está siendo cada vez más ostensible en las calles y en los medios de opinión. Así pues, el tirano ha de medir bien sus pasos ahora, no todo es tan fácil. Ya lo dijo Clausewitz: “Todo en la guerra es muy simple, pero hasta lo más simple es extremadamente difícil”.
Fernando del Pozo
Almirante (Ret)
De la Academia de las Ciencias y las Artes Militares
[1] Es evidente que Putin no ha leído la admonición de Sun Tzu, según la cual “en el arte de la guerra lo mejor es tomar el territorio enemigo intacto; destrozar y destruir no es bueno. Así, capturar un ejército enemigo es mejor que destruirlo […] la suprema excelencia consiste en romper la resistencia enemiga sin necesidad de combatir”. En la doctrina militar americana eso se llama conquering hearts and minds.
[2] No obstante, y por decisión del Tribunal Constitucional ruso, la incorporación tendrá un período de transición hasta el 1 de enero de 2026 para acomodar los aspectos «económicas, financieras, crediticias y legales», pero es dudoso que esas cuestiones transicionales en suspenso incluyan la defensa.
[3] Según Isabel Van Brugen en la revista Newsweek (12 agosto 2022) posteriormente la unidad fue disuelta y borrada de los registros por haber sufrido un número excesivo de bajas en la zona Izium-Sloviansk. La periodista insinúa que fue una acción deliberada para hacer desaparecer al culpable de la masacre, lo que demostraría que Putin no es del todo insensible a las consideraciones éticas.
[4] Carl von Clausewitz: “La estrategia es el arte de disponer las batallas para ganar la guerra”. La táctica por el contrario concierne tan sólo a las batallas individualmente consideradas.
[5] Los números de cabezas nucleares de distintos tipos en posesión de cada una de las potencias son actualmente: Rusia 5.977; EEUU 5.428; China 350; Francia 290; Reino Unido 225; Pakistán 165; India 160; Israel 90; Corea del Norte 20. Wikipedia/The Statist. Es difícil de ellas establecer el número de las estratégicas y las de teatro, y en todo caso la frontera entre unas y otras es imprecisa, pero se sabe que Rusia tiene considerablemente mayor proporción de este tipo que los demás países.
[6] Aunque el tono ligeramente cómico pudiera parecer inapropiado para esta grave situación, no podemos evitar recordar el comentario del entonces Secretario de Estado norteamericano Alexander Haig ante otra crisis con la URSS: “El mensaje de advertencia que hemos enviado a los rusos es de una calculada ambigüedad que será claramente entendida”.
[7] Ello ha ocurrido cerca de una decena de veces, la última bajo la presidencia de Yeltsin, en diversas circunstancias y con distintos niveles de inminencia. En todos los casos, como ahora sabemos, el riesgo fue conjurado por la decidida intervención de un hombre clarividente, sereno y valeroso, que no permitió que se completara la cadena desde el Presidente hasta el primer misil.
