Artículo de José Luis Calvo Albero, publicado originalmente en Global Strategy, el 20 de enero de 2022
Lectura recomendada por Fernando Maura
Hacía tiempo que no se vivían en Europa periodos de tensión aparentemente prebélica como el actual. El despliegue militar ruso en las cercanías de la frontera ucraniana está rebasando ya la magnitud propia del alarde de fuerza, e internándose peligrosamente en ese oscuro camino de escalada en el que un líder autoritario tiene muy difícil echarse atrás. Con todo, lo más chocante de esta situación es la asimetría de actitudes. Frente a la agresividad rusa resulta inquietante contemplar el desamparo occidental. En lo que Putin calificaría como los viejos y buenos tiempos de la URSS, las medidas de presión se respondían con otras de similar naturaleza y entidad. Nada de eso ocurre hoy en día.
Puede que todo el asunto del despliegue militar ruso se quede en una simple exhibición de músculo militar, en el enésimo intento de Moscú por poner a prueba la capacidad de reacción de Occidente y detectar sus puntos más débiles. Sin embargo, el test se ha realizado tantas veces y se han encontrado tantos puntos débiles que tarde o temprano los estrategas rusos se verán tentados a aprovecharlos. Puede que esta vez lo hagan, aunque está por ver si seguirán una estrategia de avances limitados o irán sencillamente a por todas, lo que significaría asentar el pie ruso sobre Ucrania más firmemente de lo que ya lo está.
Del análisis meramente militar se extrae una situación un tanto dudosa para las fuerzas armadas rusas. No cabe duda de que, en una situación de confrontación abierta, podrían arrollar con relativa facilidad la primera línea de defensa del ejército ucraniano y puede que incluso consiguiesen llegar al Dniéper en algunos puntos, si realmente se lo proponen. Otra cosa es que pudiesen mantener un esfuerzo intenso por mucho tiempo. Incluso en “los viejos y buenos tiempos” a los rusos les ha faltado siempre fuelle logístico y solo pudieron superar esa maldición durante la Segunda Guerra Mundial, y gracias a la ingente ayuda en equipamiento logístico recibida de Estados Unidos. Un ejército ruso suele ser un erizo de armas imponentes en primera línea y un muestrario de cómo no se gestiona la logística en retaguardia. No parece que las cosas hayan cambiado mucho desde la Guerra Fría. Una embestida militar rusa es siempre brutal, pero breve.
Lo más importante, sin embargo, es que una ofensiva militar en toda regla supondría romper completamente el status quo de la seguridad en Europa desde los tiempos de la Segunda Guerra Mundial. Cuando decidió ocupar Crimea y desestabilizar el Donbás, Putin hizo tambalearse los cimientos del status quo, pero no procedió a demolerlo porque temía la reacción. Un escenario en el que los carros de combate rusos rueden alegremente hacia Odessa y Kiev supondría cruzar una línea roja, y obligaría a hacer algo incluso a esos remilgados y decadentes europeos a los que Putin desprecia. No digamos al atribulado presidente Biden, que desde luego no está dispuesto a pasar a la Historia como alguien que cedió a Rusia el liderazgo en Europa. Con todas sus indecisiones, europeos y norteamericanos pueden todavía, si se ven acorralados, causar un daño devastador a Rusia. Además, un ataque masivo no encaja muy bien con la personalidad estratégica de Putin, que hasta ahora ha sido más zorro que león. El zorro sólo se lanzará al ataque abierto si percibe una presa absolutamente desvalida y, aunque puedan existir dudas sobre ello, probablemente no sea ese todavía el caso.
La invasión masiva tampoco se ajusta a los objetivos que persigue el presidente ruso, que no pasan tanto por ocupar Ucrania como por mantenerla dentro de su esfera de influencia. Putin ha sido claro a la hora de expresar lo que quiere: un nuevo acuerdo de seguridad en Europa que reconozca una zona de influencia rusa sobre las antiguas repúblicas de la URSS y mantenga a la OTAN alejada de ella. Algo difícilmente aceptable escrito en un papel oficial, pero que podría llegar a alcanzarse en forma de compromiso tácito. Cosas más raras se han visto en la vieja Europa.
Para conseguir ese objetivo, Putin ya está haciendo una presión evidente y esa presión podría en sí mismo ser decisiva. Los dirigentes políticos en Europa y Estados Unidos no pueden estar permanentemente pendientes de una potencial crisis bélica y de suministro de productos energéticos, en especial en tiempos de pandemia y crisis económica. Podrían llegar a ceder por cansancio, sin que se hiciese un solo disparo y probablemente esa es la esperanza del Kremlin.
El problema es que, según se avanza en una escalada de tensión, el mismo que la alimenta va convirtiéndose en prisionero de sus propios actos. Putin ha tensado tanto la cuerda que aflojarla de repente, sin ningún logro sustancial que presentar a su opinión pública, supondría una pérdida evidente de prestigio. Todo matón está condenado a demostrar su fuerza periódicamente de manera convincente, so pena de descender a la categoría de mero fanfarrón si no lo hace. En este sentido, y aunque la estrategia de comunicación pública rusa puede hacer maravillas, hay un peligro evidente de que la apuesta del presidente ruso llegue tan lejos que no haya ya marcha atrás que le permita salvar la cara. Eso le obligaría a hacer algo, ya no tanto para alcanzar objetivos estratégicos como para proteger su propia imagen pública.
El presidente Biden parece haberle dado una salida airosa en sus últimas declaraciones. Dando por hecho que Rusia va a hacer algo en Ucrania, Biden ha advertido que una agresión mayor sería un desastre para Rusia, aunque también ha reconocido que ante una “incursión menor” no hay consenso entre los aliados sobre qué se podría hacer. El problema con Biden es que nunca se sabe si sus declaraciones son fruto de una sutil estrategia o de simple falta de asesoramiento. Si fuera lo primero, el presidente norteamericano le estaría diciendo al ruso que una acción limitada en Ucrania, suficiente para salvar el prestigio de Putin, no sería respondida con la tempestad de acero que una invasión en toda regla provocaría. Arriesgado, y un tanto preocupante para el gobierno ucraniano, pero comprensible en términos estratégicos.
¿Qué es una incursión menor? Probablemente una cadena de ciberataques, una incursión de paramilitares prorrusos más allá de las líneas del frente, un bloqueo parcial de los puertos ucranianos en el Mar Negro, o incluso tomar algún centro estratégico cercano como Mariupol. Quizás una combinación limitada de todas las anteriores. Las columnas acorazadas rugiendo mientras avanzan hacia el Dniéper quedarían descartadas. Putin lo vende, Occidente lo condena, hay por supuesto sanciones, negociaciones, Minsk III y, al final del camino, llega la desescalada y la aceptación informal de que Crimea es Rusia para siempre y Ucrania nunca será miembro de la OTAN. Aceptable para Putin y no demasiado humillante para Estados Unidos y sus aliados. Ciertamente deprimente para Ucrania.
El problema de fondo y lo realmente peligroso es que estamos regresando poco a poco a dinámicas de fuerza que creíamos superadas. Vuelve la geopolítica, vuelven los cuerpos de ejército mecanizados en las fronteras y vuelve la tentación de doblegar al contrario por la fuerza de las armas. Malas noticias sin duda, especialmente para los que nos hemos aferrado durante muchos años a la idea de que el mundo ya no era así. No hemos percibido que, debajo de todas las capas de influencia, soft power, diplomacia, multilateralismo y buenas intenciones seguía durmiendo la bestia de la fuerza pura y dura. La capacidad de hacer daño, que Thomas Schelling mencionaba en la década de 1960 como la base de todo poder. La erosión de las capas superiores está haciendo que la bestia comience a desperezarse y lo peor es que muchos hemos olvidado, o no queremos recordar, como lidiar con ella.
